Un profundo sueño

Observó al orgulloso soldado, que la miraba con ojos vacíos, como contemplando un yermo paisaje a cientos de kilómetros de allí. La joven recogió su puñal, que había salido despedido cuando el hombre le golpeó en la ceja, el dolor era insoportable. Sufrió un pequeño mareo al agacharse y la sangre de su ceja partida comenzó a caer al suelo; tambaleándose, pisó la mano herida de agonizante soldado.

– ¡Hazlo de una vez, zorra! 
Esmeralda se debatía entre acabar con su miserable existencia o dejarle sufrir hasta que se desangrase… Miró a la mujer. La humilde campesina tenía la cara desfigurada por el terror, estaba agazapada en una esquina, sollozando constantemente y temblando de manera preocupante. Un mar de sentimientos enfrentados se agitaba en su mente, después de todo, los problemas habían llegado al recoger a esa muchacha en las inmediaciones de la cabaña.
La otrora princesa sentía cómo su mente quedaba poco a poco envuelta en una bruma que entorpecía sus pensamientos; y toda su atención se centraba ahora en pensar cómo detener la hemorragia de su rostro. Lo último que recordó fue ver al campesino entrando en la casa, con el rostro marcado por la ira y portando una espada. Esmeralda se desmayó justo cuando el corazón del agonizante soldado se detenía al ser traspasado por el frío acero.
Se transportó a un etéreo mundo donde volvía a ser una niña en la aldea. El sueño era extraño, con gente cuyos rostros no recordaba o no sabía identificar; de repente volvía a aparecer en algunas escenas de su vida adolescente, para acabar en aquel castillo del que se fugó hacía ya varios días. El sueño se repetía constantemente, solo interrumpido por vagos recuerdos de que alguien la despertara para darle algo de comer. Tras la escasa ingesta, volvía a caer de nuevo en el lecho, sumiéndose en la profundidad.
El sol se abría paso en un cielo cubierto de densas nubes grises, luchando palmo a palmo para imponer su claridad en el bosque. El agujero de la ventana había sido reparado de forma demasiado casera, unas precarias telas hacían la función del destrozado cristal. Pudo ver a través de ella la oscura forma de tres tumbas en la lejanía.
Junto a ella, apoyado en la pared, pudo ver también su arco, el carcaj de flechas y lo que aún era utilizable de su vieja ropa. Oyó también el sonido rítmico de los aperos de labranza en el exterior y se dispuso a levantarse. Sentía un hambre monstruosa y vio que tenía preparados unos panecillos con carne seca y una taza con hierbas para hacerse un té. Se levantó, cogió un panecillo y sacó agua hirviendo del caldero sobre el fuego.
El pan estaba bastante duro, lo que hacía pensar que había sido cocinado hacía varios días… La carne, sin embargo, tenía un sabor excelente.
La puerta de la despensa se abrió dejando ver a la campesina con un gran trozo de venado curado y varias verduras. Rápidamente de acercó a ayudarla, lo que provocó una reacción de tensión en la mujer.
– Lo siento… solo quería intentar ayudar… les estoy muy agradecida.
– No tiene importancia, pero nos gustaría que te fueras cuanto antes…
– Siento muchísimo los problemas causados, me iré en cuando pueda… pero déjeme ayudar, es muy importante para mí.
La mujer cedió y permitió que Esmeralda llevara algunas cosas a la mesa. Acto seguido comenzó a preparar su petate.
– ¿No te quedas a comer?
La joven se giró y sonrió, emitiendo un precioso destello verde en sus ojos.

Una Esmeralda afilada

Ya podía verse la Luna en el cielo, a pesar de que el Sol quería regalar a los combatientes dos horas más de claridad. La cabaña se encontraba totalmente rodeada por el bosque, con lo que había sido muy complicada de encontrar por los soldados.

Uno de los guerreros yacía desangrándose en el suelo. El gorgoteo producido en su cuello era aterrador, y solo superado por la angustia que le causaba. No podía respirar, así que buscó su machete enganchado en el cinturón y se dispuso a quitarse su propia vida. No tuvo el valor suficiente de hacerlo y sufrió unos segundos más antes de dejarse caer en el oscuro pozo, inconsciente por la falta de oxígeno.
Bajo él, la sangre teñía la tierra de un abanico de tonos carmesíes. Una bota levantó una pequeña nube de polvo y piedras que se depositaron sobre el charco.
Los golpes eran cada vez más difíciles de contener; ya que, una vez invertido el factor sorpresa en deshacerse de uno de los enemigos, el otro contendiente había desenvainado la espada a tiempo de detener la estocada, y, tras unos instantes de ventaja, la contienda se nivelaba rápidamente en sentido contrario.
El campesino solo podía tratar de detener los envites del experimentado soldado, que se divertía alargando la angustia de su rival, más preocupado por el hombre que estaba entrando en su pequeña cabaña, donde sollozaba su mujer, indefensa.
– Voy a divertirme contigo, gordito, vas a pagar por lo que le has hecho al Sucio. – Una mirada de absoluto terror fue la única contestación.
La punta de una flecha asomaba lentamente por el agujero creado por uno de los virotes en el cristal de la ventana.Un destello esmeralda apuntaba sin vacilación al enemigo. Tres, dos, uno… Justo en el instante anterior a la liberación del proyectil se abrió la puerta, golpeando a la arquera y modificando la trayectoria calculada.
– ¡Cuidado! ¡Hay alguien más ahí dentro!- La flecha salió muy desviada, pero el soldado se dio cuenta de que alguien le había disparado. Dos choques de espada acompañaron a la advertencia.
La puerta dejó ver a un hombre empuñando una pequeña daga. Tenía el pelo sucio y enredado, la ropa gastada y despedía un hedor mareante.
La Princesa buscó instintivamente en su bota, encontrando el puñal que le había acompañado todo el tiempo. El hombre aún no la había visto, pues Esmeralda se encontraba tapada por la puerta, a su espalda…
Rápidamente, consiguió deslizarse tras él y hacerle un pequeño corte en la mano derecha, que lo desarmó haciendo que la daga que portaba cayera al suelo. Tras esto, le asestó un contundente puñetazo en la base del cráneo, esperando que se desmayara. Sin embargo, no fue suficiente y el hombre consiguió revolverse.
Cerró los ojos y, sujetando el puñal con las dos manos, consiguió hundirlo en el estómago del enemigo, notando cómo el afilado acero traspasaba la carne sin dificultad.
Oyó un leve gemido y volvió a abrir los ojos justo para ver cómo un puño le abría una brecha en la ceja, tirándola al suelo. El dolor era insoportable, pero consiguió recoger la daga caída y, haciendo un enorme esfuerzo, castigó innumerables veces las piernas de la desafortunada víctima, cortando carne, músculos y tendones de forma indiscriminada hasta que, por fin, cayó al suelo.
De manera simultánea, el campesino perdía la espada acompañado de la sonora carcajada de su rival.
– No te preocupes por lo que le haré a tu mujer, vas a verlo todo… aunque con un solo ojo.- Hirió al hombre en una de las piernas, haciendo que se arrodillara. Levantó la espada para asestarle un golpe con la empuñadura y así dejarlo tendido en el suelo, indefenso.
Finalmente, la empuñadura golpeó el cráneo. Aunque apenas sin fuerza, el golpe hizo que la víctima cayera de bruces al suelo. Junto a él cayó también la espada, y, por último, su dueño, con una flecha atravesándole el oído.
Esmeralda dejó el arco apoyado una vez más junto a la ventana y se dirigió hacia el hombre que yacía con un puñal en el estómago y las piernas destrozadas…

Una cabaña en medio del bosque

Despertó con las primeras luces del amanecer. Después del día anterior, en el que todo parecía salirle al revés, había tenido una de las peores noches en muchísimo tiempo.

La cabeza no paraba de darle vueltas a un único pensamiento: «¿Había hecho bien?». Pudo haber acabado con la guerra de una tacada, aquella noche en el castillo, asestando un golpe mortal al enemigo… un golpe que con toda seguridad le habría costado también la vida a ella… Durante años fue un precio que estuvo dispuesta a asumir, pues siempre creyó que su vida había acabado el día que salió de la aldea de los Lobos, mas, en el último momento, escuchó a su princesa interior y decidió luchar por lo que más quería en la vida.

Aunque se encontraba enormemente cansada, agradeció los primeros rayos de luz que aparecían por el este; había llegado el momento de seguir el camino aunque la situación no fuera la más apropiada para continuar con el viaje. Sus ampollas aún no habían curado y las hierbas que había utilizado para sanar sus heridas no habían surtido el efecto deseado… Tras comer los pocas bayas que quedaban en los alrededores, comenzó a caminar. Cada paso le hacía apretar los dientes un poco más, presa del dolor.

-Tengo que continuar, si no, nunca saldré de aquí.- Hablaba en voz alta para intentar animarse, aunque sus esfuerzos eran inútiles: el cansancio, el hambre y el dolor hacían imposible cualquier visión optimista de la situación.

Caminó durante largo rato, hasta que se vio incapaz de dar un paso más, así que se dejó caer bajo la sombra de un gran árbol. Estaba perdida, muerta de hambre y de sueño, y su moral se arrastraba por el suelo, persiguiendo a duras penas la pequeña sombra que le acompañaba a mediodía. La brisa alivió el calor que sentía, y, tras unos instantes, consiguió recuperar el resuello… Intentó calmarse, pero su corazón se movía aceleradamente en su pecho… la situación era complicada. Pensó en intentar acortar el camino atravesando un bosque, pero aquello solo la entristeció: no era capaz de continuar por el camino, ¿cómo podía pensar en atravesar un bosque? Con ese pensamiento, cayó en un profundo sueño.

El sueño no fue agradable, consistió en una sucesión de imágenes de difusos colores, ruidos, sentimientos y confusión, no sabía dónde se encontraba, ni cómo, pero entendía que aquello tenía algún significado, aunque no fuera capaz de descubrirlo en ese momento…

De repente, todo se calmó, se encontraba en una preciosa habitación, decorada de manera excelente, en una enorme y confortable cama. Llevaba puesto un vestido verde, con los hombros descubiertos. Se miró al espejo, era toda una princesa. Su corona plateada, con engarces de esmeraldas brillaba con los rayos de sol que entraban por la ventana.

La puerta de la habitación se abrió, y supo que tenía que bajar las escaleras. Cuando se encontraba a medio camino, comenzó a percibir un delicioso olor. Olía a venado asado; pero también reconoció un olor que hacía mucho tiempo había olvidado, aunque supo al instante qué era: sopa de cebolla…

Entonces entendió que se estaba acercando a casa… la Princesa de Ojos Esmeralda volvía a casa.

Se despertó acurrucada bajo la sombra del árbol, y abrió los ojos justo cuando el sol se ocultaba tras las montañas del oeste. Se maldijo por haberse quedado dormida, tenía varias picaduras de insectos en todo el cuerpo, pero, a la vez, se sentía reconfortada por la parte final del sueño.

Su estómago rugió, como si quisiera recordarle que llevaba vacío demasiado tiempo… Entonces se dio cuenta de que el olor del venado era real, aunque lo primero que pensó fue que se estaba volviendo loca.

Se levantó y miró hacia el bosque que tenía delante, aquél que no quiso atravesar por la mañana. Se frotó los ojos, incrédula. Una pequeña columna de humo salía de entre los árboles, probablemente de una cabaña situada en el interior… Decidió internarse siguiendo el humo… y el olor.

Consiguió ver la cabaña, y, de repente, unas manos la agarraron, le ventaron los ojos y la arrastraron…

Un día para ella

No habría sido capaz de decir cuánto tiempo había dormido hasta que vio que el sol le indicaba que estaba cerca de ser mediodía. Estiró sus agarrotados músculos y se dispuso a salir de la cueva, recoger algunas hierbas para curarse las heridas, darse un baño y, si había suerte, cazar algo para comer.

Tomó unas ramas y con gran destreza fabricó una pequeña trampa. Dejándola cerca de la cueva, se dirigió al lago para tomar algunos de los frutos de aquellos arbustos. Una vez estuvo saciada, se desnudó y bañó en aquellas aguas tan cristalinas, relajándose una vez más.

Cuando salió, decidió curar sus heridas y tallar una figura con su daga. De vez en cuando echaba un vistazo a la pequeña trampa, solo para volver decepcionada por ver que no había funcionado.

Un ciervo se acercó a beber al lago, a escasos metros de la ubicación de la cueva. Silenciosamente cargó una flecha en el arco que le había dado el mensajero el día anterior. Apuntó a la cabeza, tal y como había aprendido hacía tanto tiempo. Soltó la flecha y esta impactó a su objetivo, justo encima de una de las patas delanteras. La presa había sido herida, pero el impacto no fue suficientemente certero para abatirla, y el ciervo huyó del lugar cojeando.

La muchacha se resignó, albergando todavía esperanza para comprobar el estado de la trampa una vez más. De nuevo estaba vacía, las hierbas que había de cebo no habían llamado la atención de ningún animal. Así que sin nada consistente que llevarse a la boca, volvió a la cueva, para terminar de tallar la figura que representaba a Mahtan tal y como se lo imaginaba. Un despiste, sin embargo, hizo que uno de los cortes no fuera preciso, y lo que iba a ser el brazo derecho del Lobo se partió, dejando la figura inservible.

Una lágrima corrió por su mejilla, atrás había quedado aquella mujer con máscara de hielo, impasible ante la adversidad.

– Supongo que hoy no es mi día…

Esperó a que anocheciera y volvió a encender un fuego, dejándose caer, aún más derrotada que el día anterior, en su humilde cama de hojas y ramas…

El lago

Continuaba su largo y penoso camino hacia el norte, hacia su tierra natal. El territorio, completamente virgen, era de una belleza impresionante. Dos interminables cadenas montañosas se entrelazaban en ese lugar para formar un precioso valle, con un lago de aguas cristalinas en el centro. La noche sería clara y el cielo estaría completamente despejado, dejando miles de puntos brillantes en su oscuro manto.

– Será mejor que busque un refugio para pasar la noche.- Se dijo para sí misma. El sol se estaba ocultando, anunciando el final de un largo y triste día…

Encontró una pequeña cueva natural, donde poder encender una hoguera. Cortó unas ramas con su daga y preparó un precario catre cubierto de hojas. Debía encender un fuego para alejar a las posibles bestias de la noche. Observó el precioso lago, que había dejado de reflejar el sol y vio cómo algunos animales se acercaban a la charca a beber desde la otra orilla.

– Al menos los depredadores no estarán a este lado …- Pero tampoco podría cazar para saciar su vacío estómago.

Fue en este momento de tranquilidad cuando se dio cuenta de lo cansada que estaba. Tenía cortes en las piernas, el pelo enmarañado y ampollas en las plantas de los pies. Necesitaba urgentemente un descanso, además, su estómago rugía pidiendo algo que echaba de menos desde hacía muchas horas.

Con gran esfuerzo, se acercó al agua. Encontró algunos frutos que hacía años que no veía, lo que le trajo una gran nostalgia. Sació su sed por completo, y consiguió engañar a su feroz estómago por unas horas más, así que se dirigió a su pequeño refugio. Todos sus pensamientos se nublaban, presa del cansancio, mientras volvía.

Encendió una pequeña hoguera, con unas hojas secas y algunas ramas y se dejó caer en su nueva cama… Observó la luna una vez más y cerró los ojos.

El Bosque

Entendió el mensaje a la perfección, sin ningún tipo de dudas; y allí dejó al mensajero, enfrentándose a su destino, mientras trataba de ocultarse en el bosque.

Habían pasado unos minutos y ya se encontraba suficientemente lejos de la zona de conflicto. En caso de que la hubieran visto, les sería prácticamente imposible seguirla, pues el bosque era denso y no había dejado huellas visibles.

Pensó en el hermano de Mahtan y lloró por él. Si hubiera salido victorioso del combate, ya habría tenido noticias suyas, pero no era así. Varios pensamientos rondaron su cabeza, y se acordó del momento en el que estaba frente a la puerta del comedor, en aquel oscuro castillo, justo ante la oportunidad que había esperado todos esos años. Sonrió al recordar cómo y por qué había huido, derritiendo su máscara helada para siempre.

Entonces, a pesar de la enorme tristeza que sentía por el mensajero, sintió una sensación que no había experimentado en toda su vida; al principio se preguntó qué sería, luego descubrió lo que era. Paz espiritual. Por fin había sido capaz de superar el odio que había oscurecido su vida, había elegido el camino del amor, el camino de encontrar a su héroe, Mahtan Vardamir. Por primera vez florecieron en su corazón esos sentimientos que se había empeñado en enterrar durante tanto tiempo…

Allí se vio, frente a aquel viejo roble, y se dio cuenta de que jamás volvería a dudar… Estaba en el camino correcto.

Esmeralda

Había caminado durante toda la noche, haciendo incluso una ruta más larga, para fingir haberse perdido y hacer que sus perseguidores se despistaran. Estaba agotada, pero aún así conservaba su gélida máscara impenetrable. Durante sus años de vida en el castillo, había estudiado y memorizado los mapas de esas tierras. Había planeado matar al gobernador, pero necesitaba un plan de huida cuando lo hiciera; así que se dedicó durante mucho tiempo a memorizar los mapas de la zona para tomar el camino más adecuado llegado el momento.

Había calculado con exactitud llegar a aquella planicie a una hora en la que hubiera la suficiente luminosidad para tender una trampa y abatir a sus perseguidores desde un montículo de rocas cercano. En caso de que hubieran sido varios perseguidores, existía un pequeño grupo de árboles a unos pocos pasos de las rocas, lo que le hubiera permitido abatir a uno o dos de ellos y después tenderles una emboscada dentro del bosque.
Ocurrió que solo había un perseguidor, o eso creía hasta que desde el montículo de rocas vio como un invitado inesperado observaba al guardia del castillo, dirigiéndose inexorablemente a la trampa que ella había tendido. No tardó en reconocer el emblema de su reino, así que se trataba de un aliado, aunque él, probablemente, no supiera que estaban en el mismo bando…

Tenían una oportunidad de huir sin tener que matar al enemigo, así que se deslizó entre la maleza y puso la daga en el cuello de su aliado… sí… estaba segura de que era el hermano de Mahtan… tenían los mismos rasgos.
– Detente Vardamir, esta guerra se ha cobrado demasiadas víctimas…- Notó la sorpresa que había causado en él, y pensó en relajar la presión de la daga, mientras le convencía de huir. Cuando se disponía a hacerlo, los nervios hicieron que el arco se le disparara, advirtiendo al enemigo de su ubicación, y evaporando toda posibilidad de huir sin luchar…
El soldado se dirigía a ellos a una velocidad vertiginosa, el mensajero reaccionó, desenfundando su espada y preparándose para el asalto. Fue entonces cuando miró la cara de la mujer, y la reconoció al instante; nunca en su vida la había visto, pero supo que era la persona que Mahtan había buscado durante tanto tiempo…
Le entregó el arco, mientras soltaba el broche del carcaj, y le pidió que se dirigiera al bosque. En caso de resultar derrotado, ella podría deshacerse del enemigo desde allí con una flecha certera, o podía despistarlo y huir en la dirección adecuada. La mujer obedeció sin decir nada, no dominaba el arte del combate cuerpo a cuerpo, y tan solo contaba con una pequeña daga… Sin embargo, sí que había practicado algo de tiro con arco.
Estaba a mitad de camino cuando el enemigo cargó. El hermano de Mahtan consiguió detener la estocada, pero una certera patada lo derribó. Se levantó con presteza, deteniendo otro envite dirigido a su cabeza. Había conseguido equilibrar el combate, perdida la ventaja de la carga, la lucha sería ahora un baile de golpes, esquivas y bloqueos, en el que el primero en dar un paso en falso sería derrotado; mientras tanto, la Princesa de Ojos Esmeralda trepaba a un árbol y preparaba su arco, rezando por no tener que utilizarlo.
El soldado era sin duda mejor espadachín, pero se notaba cansado por la larga caminata; sin embargo su contrincante estaba más acostumbrado a la situación, llevaba una espada más ligera y era más ágil, lo que le dejaba pocas posibilidades de victoria. Además, también sabía que la mujer estaba en algún lugar del bosque dispuesta a abatirle con el arco… Poco a poco su moral se iba resintiendo, hasta que cometió un error y recibió un corte en el brazo derecho, que hizo que su arma cayera al suelo. Intentó agacharse a recogerla, pero se encontró con el acero del contrincante apuntando directamente a su cuello. Había sido derrotado.
– Suelta todas tus armas y huye de aquí si no quieres morir.- El enemigo soltó una pequeña daga a sus pies y levantó las manos, indicando que era todo lo que tenía. El mensajero le dio una patada para que empezase a correr en la dirección por la que había llegado. Todo había terminado, por fin.
Miró al bosque y vio cómo la mujer mostraba una cara de alivio, para después volver a ponerse su máscara de hielo.
El soldado derrotado había recorrido unos trescientos metros cuando 6 proyectiles salieron de un arbusto cercano. Todos impactaron en su objetivo, matando al traidor. Para los enemigos, huir de un combate estaba penado con la muerte…
Todavía no estaban a salvo, el enemigo acechaba…

Decisiones… consecuencias

Una mano se posó en el picaporte, al otro lado de la puerta. Inmediatamente pudo ver en el espejo como éste se movía… Consiguió esconder la daga en su bota derecha justo antes de que la sirvienta entrase.

– Debe darse prisa, señora, el gobernador no es famoso por su paciencia y los invitados están a punto de llegar.
– S… sí, ya no me queda nada. – Su voz temblaba, no podía creerse que su largo plan hubiera estado a punto de irse al traste tan de repente.
– Con todos mis respetos, creo que esas botas tan altas no le hacen justicia, no son apropiadas para una princesa…
– Me gustan estas botas, tienen un significado especial para mí.
Claro que lo tenían, eran las botas que llevaba puestas su madre cuando una partida de mercenarios, pagados por el hombre con el que estaba a punto de encontrarse, asesinaron a sangre fría a toda su familia. Ella no se encontraba en casa en aquel momento, había ido a jugar con su amigo de la infancia, el nieto del Gran Capitán, el Viejo. A la mayoría de las niñas de su edad no les interesaban las técnicas de caza de los Lobos; pero ella siempre le preguntaba a Mahtan qué había aprendido ese día de su abuelo y de su padre. Gracias a esos conocimientos consiguió volver a casa pasando inadvertida para los mercenarios.
Su familia guardaba celosamente una antigua pieza de joyería que muchos gobernadores avaros codiciaron durante años. Siempre se resistieron a venderla, hasta que ese día se la quitaron por la fuerza.
Junto al cadáver ensangrentado de su madre juró que se vengaría de ese hombre…
Años después, por fin se encontraba a punto de cumplir su deseo, había conseguido hacerse pasar por una doncella del castillo, esperando pacientemente hasta que el gobernador se fijara en ella. En cuanto la vio, exigió una noche con tan hermosa muchacha de pelo negro.
De repente volvió a perderse en aquel recuerdo, el deseo de ser una princesa feliz. De nuevo volvió en sí con esa sonrisa en la cara… -¡Debo vengar a mi familia! 
La decisión ya estaba tomada. Salió por la puerta, dirigiéndose hacia el salón de ceremonias con su máscara de hielo puesta. El momento que llevaba tanto tiempo esperando estaba a punto de llegar…
Y sin embargo… huyó…

De princesas… y de sueños…

Y allí estaba, mirándose al espejo, pensando qué ocurriría esa noche. Ella sabía que no iba a ser realmente feliz, que eso no era lo que quería, que tenía otros planes… pero, por alguna razón, no escuchaba a su corazón. Quería parecer esa mujer de hielo, imposible de alcanzar; ya había sufrido suficiente en el pasado y no estaba dispuesta a volverlo a repetir. Su caparazón, totalmente hermético, había funcionado… hasta ahora… ¿Qué fallaba? 
De pequeña le encantaba pasear por la pequeña aldea, con el viento acariciando su fina piel y agitando su oscura y larga melena. Le encantaba soñar que era una princesa; no una princesa como la hija del rey, sino una princesa feliz, que se levantara cada mañana con la brisa del viento, con una sonrisa. Esa era la princesa que ella había querido ser… 
Cada vez que pensaba en aquella princesa, no podía evitar sonreír; como esta vez, que se encontró de nuevo, frente a aquél espejo, con esa extraña sonrisa que no tardó en cubrir con su habitual rostro helado. Ella todavía no lo sabía… pero pronto tendría la oportunidad de ser lo que siempre soñó ser… 
Solo tenía que reunir el valor de lanzar aquel dardo… una vez más…