El pequeño cazador

A medida que el carromato se perdía de vista por el casi imperceptible camino, en la aldea se hacía cada vez más latente una sensación de impotencia, desesperación e incertidumbre. Todos los habitantes volvían a sus casas con las miradas tan vacías como las mentes. Nadie quedó fuera de su hogar, y cada uno afrontaba la situación como podía, aunque sin saber muy bien qué hacer.
En una de las construcciones, un niño permanecía de pie junto a la ventana. La expresión era absurda, casi cómica; observaba el lugar donde minutos antes la niña había sido atacada sin hacer ningún gesto más. Su boca se abría y cerraba de manera incontrolable y las pupilas describían minúsculos círculos. Su madre le observaba sin poder hacer nada, de rodillas,  mientras sus preciosos ojos se llenaban de destellos por doquier.
El sol todavía iluminaba con fuerza el paisaje. Aunque la tarde ya estaba entrada, aún proporcionaba una agradable sensación de calor. El pequeño Vardamir se dio por fin la vuelta, besó a su madre y se quedó abrazado a ella llorando hasta que le abandonaron las fuerzas y se sumió en un profundo sueño. Su madre le llevó en brazos hasta la cama y le arropó, para pasar a ser ella quien ocupara el puesto junto a la ventana.
Observaba inmóvil el lugar del ataque, deseando con todas sus fuerzas que la niña se recuperase, aunque algo le decía que todo aquello traería graves consecuencias. Fuera todo parecía haber perdido color, el silencio era insoportable.

Mahtan observaba la escena desde la distancia, junto a su compañera de travesuras. Nadie parecía haber reparado en los pequeños, que habían estado jugando en los alrededores de la aldea en el momento del ataque. Los niños de su edad podían alejarse en sus juegos unos metros de la aldea, mientras que los pequeños, como su hermano debían permanecer dentro de la empalizada.

Mahtan sabía que no debía retrasarse, pero la idea de seguir al carro sin que nadie le viera le atraía demasiado.

– Debemos volver, Mahtan; seguro que nos están buscando.

– Nunca he ido por ese camino… ¿a dónde llevará? ¿Por qué va tanta gente?

– Mahtan… – La niña se encontraba visiblemente asustada.

– ¡Vamos a seguirlos!

– ¡Debemos volver! – Las lágrimas se escapaban de los dominios de sus hermosos ojos verdes.

– Pero… – Mahtan no podía mirar a la niña, su mente estaba puesta en el carromato que ya se encontraba a una distancia considerable. – Te acompañaré a la aldea y volveré.

Los niños llegaron en pocos minutos a la aldea, se despidieron y Mahtan echó a correr en la dirección contraria, volviendo al punto donde vieron el carro por última vez.

No parecía difícil seguir las huellas, así que se llenó de valor y siguió corriendo durante un rato mientras la fuerza del sol iba perdiendo intensidad.

El carro se movía despacio, pues el camino era muy irregular y la niña no debía estar sometida a demasiado movimiento. La curandera cubría sus heridas con trapos untados en ungüentos curativos, mientras el Viejo la observaba con un gesto ensombrecido.

Ya no había rastro del sol cuando divisaron la cabaña como un pequeño punto sobre una colina, hacia el norte. La respiración de la niña era débil pero estable, y el semblante del Viejo se relajó ligeramente. El niño les seguía a unos cuatrocientos metros de distancia. Exhausto tras la caminata, tenía que hacer acopio de todas sus fuerzas para llegar al menos al carruaje, pues ya no tenía posibilidad de volver a casa.

La comitiva se situó frente a la cabaña que parecía vacía, como abandonada, y el Viejo llamaba a voces a alguien que no respondía… o no estaba en casa. Se bajó del carromato dispuesto a llamar a la puerta. Una noche sin luna llenaba el lugar de calma.
Mahtan a penas podía distinguir ya nada en la oscuridad, y se desplazaba muy despacio intentando averiguar la dirección de las huellas, estaba increíblemente cansado y empezaba a desesperarse.

Una mano tapó su boca y otra le inmovilizó…

Sin elección

Tarí, la Reina de Hielo… Las palabras tenían un efecto catastrófico en el joven Vardamir. Eran gélidos aguijones dirigidos directamente a su alma. Se quedó paralizado durante unos instantes, mirando inexpresivamente a la mujer, como si su mente estuviera en algún lugar a miles de kilómetros de aquella oscurra mazmorra.

Un puño invisible le golpeó en la espalda, lo que hizo que se desplomara sin fuerzas en el suelo. Las costras de las muñecas comenzaron a sangrar de nuevo, y el golpe hizo que se mordiera la lengua.
Consiguió reunir fuerzas para volver a arrodillarse y mirar a aquella mujer.

-¿Por qué? ¿Q… qué pasó?

De repente su mejilla volvió a besar el suelo. Tarí le había golpeado de nuevo en la cara con su mano derecha envuelta en un guantelete de acero. La mandíbula del mensajero se desencajó, y el golpe contra el suelo hizo que se desmayara de dolor.

No supo cuánto tiempo había estado tumbado, pero despertó con la cara pegada al suelo sobre un enorme charco de sangre reseca. Algo dentro de la boca le dolía de una forma insoportable, pero no era su lengua…

No fue hasta unos segundos después cuando se dio cuenta de que se la habían cortado. La Reina de Hielo le observaba con un atisbo de sonrisa bajo una oscura capucha que le cubría los ojos.

– Por fin te despiertas, espero que eso te haga aprender a hablar cuando se te pida… Y que comprendas que ya nunca nadie te lo pedirá…

Los ojos del joven la miraban llenos de desesperación. Sabía que su destino era la muerte, pero no tendría la suerte de que le llegara rápidamente. Aquella mujer encontraba placer en el sufrimiento ajeno de una forma inhumana.

Cuando consiguió separar la cabeza del negro charco de sangre seca, pudo ver un pequeño estilete a unos pocos metros de su mano derecha. Una lágrima resbaló por su mejilla y aterrizó en el suelo junto a su desencajada mandíbula, mojando un diente destrozado que una vez estuvo firmemente sujeto en su boca.

Debía hacerlo pronto, era su única oportunidad de acabar con esa pesadilla y reunirse con sus seres queridos, que le estarían esperando. Reencontrarse con ellos era lo que más deseaba en el mundo después de volver a ver a su familia… Pero para eso tendría que esperar muchos años.

– Olvídate del estilete… de todas formas, no vas a poder cogerlo. – La pesada bota de Tarí destrozó la maltrecha muñeca del hermano de Mahtan, dejándolo finalmente sin elección… Los dedos, inconsistentes,  se escurrieron a través de la arandela de hierro que le había tenido colgado del techo.- Ya que tanto interés tienes, te contaré la historia de la Reina de Hielo…

Un velo negro se apoderaba del mensajero. La sensación de un espeso manto oscuro que cubría poco a poco toda la tristeza. Su cuerpo cada vez sentía menos dolor, y le acompañaba una sensación parecida a la de volver a casa tras un largo viaje. La voz de la bruja seguía siendo nítida, y evocaba momentos, lugares y personas de una vida que cada vez se alejaba más y más…

¡Hasta siempre Vardamir!

El corazón se detuvo al ser atravesado por una costilla destrozada cuando la maza golpeó la espalda del joven.

Una ayuda inesperada

Poco a poco comenzó a retomar la consciencia. La tela que le había tapado los ojos estaba suelta en el suelo junto a ella, y un intenso dolor en la base del cráneo le hizo suponer que se había desmayado debido a un fuerte golpe. Se dio cuenta de que sus manos no estaban atadas e intentó incorporarse, pero tardó unos segundos, pues en el primer intento a punto estuvo de caer de bruces contra el suelo. Todo le daba vueltas.

Podía sentir el intenso olor a sopa de cebolla con venado que había aparecido en su sueño bajo el árbol. El aroma procedía de un enorme caldero junto a la chimenea de la cabaña. Se preguntó qué hacía allí, por qué le dolía tanto la cabeza y por qué había un plato vacío, un vaso y una cuchara de madera sobre la mesa, como esperando a ser utilizados para servir una ración de sopa.

Estaba sentada en una cama cuyo colchón estaba relleno de paja; la cabaña era humilde. Estaba construida en piedra y se encontraba pobremente decorada; aún así contaba con una cama, una mesa con dos sillas y una chimenea. Había una puerta que, supuestamente llevaba a una pequeña despensa, y otra puerta junto a la cama, además de la principal, justo en frente de ella. Su arco y el carcaj estaban apoyados contra la piedra, listos para ser utilizados. Junto a ellos reposaba un gran baúl que tenía ropa de campesina perfectamente doblada, además de unos zapatos cómodos.

Miró el vestido que llevaba puesto; era el que había llevado durante varios días, el que se puso para la cena la noche en la que huyó del castillo; estaba totalmente sucio y roto por todas partes. Se alegró de poder ponerse ropa limpia. Tras levantarse de la cama, se dirigió a la puerta que tenía más cerca; la abrió y pudo ver una pequeña sala de piedra, con una minúscula ventana y una modesta bañera en el centro. La bañera estaba vacía, pero tenía un caldero lleno de agua al lado; así que podía calentarla en la chimenea.

– ¡Cuánta amabilidad! – Pensó.

El relincho de un caballo y una suave voz femenina la sacaron de sus pensamientos. Momentos después una humilde mujer entró en la cabaña. La mujer era de corta de estatura, rechoncha y con una piel tan colorada que parecía salida de una sauna. Respiraba atropelladamente.

– ¡Por fin te has despertado! ¡Rápido, tenemos que salir de aquí!
– ¿Quién es usted? ¿Qué está pasando?

Antes de que le diera tiempo a contestar, una saeta rompió el cristal de la ventana y se clavó junto a la chimenea.

La mujer se tiró al suelo mientras gritaba fuera de control y otra saeta se clavó justo al lado de la primera.
La Princesa de Ojos Esmeralda se dirigió rápidamente a por su arco, colgó su carcaj a la espalda y se asomó a la ventana.

Dos ballesteros recargaban su arma mientras una silueta se les acercaba por detrás.
Todo sucedió muy deprisa. Una tercera saeta se clavó junto a la chimenea, de nuevo. En lugar de la cuarta, se oyó un sonido ahogado, y un gorgoteo antes de que un cuerpo cayera inerte al suelo. La extraña silueta, posiblemente el dueño de la cabaña, acababa de cortar el cuello de uno de los ballesteros.

La mujer lloraba y respiraba entrecortadamente, era inútil decirle algo, sabía que no la escucharía.
Una serie de maldiciones se oían desde fuera y el familiar sonido que acompaña a un desenvainar de espada dio comienzo a la poesía de metal.

Cargó su arco y se asomó por la ventana, el cristal estaba destrozado, así que podía intentar abatir al ballestero mientras luchaba con el campesino. Tensó, intentando apuntar.

La puerta se abrió a su izquierda….

El Sanador

La niña cayó al suelo, inerte, mientras el lobo lanzaba zarpazos y dentelladas en su pequeño cuerpo. Cuando se disponía a dar el golpe de gracia con los colmillos en la garganta, una flecha le atravesó el corazón, matando instantáneamente al lobo, que cayó al suelo tras ser alcanzado por dos flechas más…

Uno de los Lobos se llevó al pequeño niño, totalmente conmocionado, con su madre; mientras que los otros dos corrieron hacia el inmóvil cuerpo de la niña.

-¡Su respiración es muy débil! ¡Hay que hacer algo!

– Creo que no podemos hacer nada por ella. – El arquero desenfundó su daga.

– ¡Detente! ¡Llevémosla al Sanador! ¡Rápido, preparad dos caballos y un carro para transportarla! – La voz del Viejo hizo que ambos reaccionaran de inmediato; era el hombre más respetado de la aldea, el capitán de los Lobos.

No tardaron en acomodar a la niña en el carromato, con una curandera de la aldea que la asistiría durante el viaje… Su semblante estaba pálido como la nieve. El Viejo en persona dirigiría el carromato, y había una escolta de dos Lobos más. Todos estaban muy tensos, nadie quería ver a aquél al que llamaban el Sanador.

El Sanador vivía en una pequeña cabaña a unos 20 kilómetros de la aldea. Nadie sabía exactamente de dónde venía, ni qué había hecho durante su vida, pero tampoco nadie se atrevía a preguntárselo. Transmitía un halo oscuro, como si su alma estuviera podrida y corrompida por algún extraño poder maligno. Sus artes curativas no tenían comparación, pero la leyenda decía que cada vez que las usaba, ocurría algo malo para compensar a los dioses del mal; se hablaba de plagas, inundaciones, o, incluso guerras. Tampoco nadie sabía exactamente cuánto tiempo llevaba viviendo en aquella cabaña, ya que hasta los más viejos del lugar hablaban de él desde pequeños, y corría el rumor de que había vendido su alma para alcanzar la inmortalidad.

El Viejo sabía que aquella niña solo tendría una esperanza si la llevaban al Sanador, o al menos, eso esperaba, y se escudó en su rechazo a las leyendas y supersticiones para dar la orden. Sabía que nadie se opondría, pero también sabía que, de ser ciertas y ocurrir algo malo, perdería todo el respeto de la aldea.

-Una vida es una vida, hay que intentar salvar a esa niña como sea. – La niña era huérfana, y el Viejo se había encargado personalmente de su cuidado y protección, tenía la misma edad que su nieto, el hermano de Mahtan, y por eso la acogió en su familia y la quiso como a una nieta más.

Partieron hacia la cabaña del Sanador, sin saber muy bien si el precio que tendrían que pagar sería físico o espiritual…

Unas horribles cicatrices

Volvió a recuperar la consciencia, presa, como las ya incontables veces en las últimas horas, de un mareo que le hacía no ser dueño de sus palabras. Supuso que sería algún tipo de veneno utilizado para interrogarle.

Cada vez que miraba hacia la causante de todo su sufrimiento, sus ojos parecían moverse hacia las partes de su cuerpo que presentaban horribles cicatrices. Cicatrices que en un pasado lejano y durante mucho tiempo fueron terribles heridas que le causaron multitud de infecciones.

Las miraba de forma automática, como si sus ojos quisieran transmitir a su cerebro dónde las había visto antes. Esas cicatrices evocaban un viejo recuerdo perdido en el tiempo, y nublado por el veneno que atenazaba su cerebro…

No era capaz de escuchar con nitidez a la mujer, y esta le golpeaba en la cara, pero él ya no sentía nada; estaba completamente envuelto en aquella sensación, contestaba a las preguntas automáticamente, sin siquiera detenerse a pensarlas; esto hacía que tampoco supiera qué había respondido exactamente, aunque todo daba igual, ya no controlaba su cuerpo, tan solo sentía la horrible sensación de que todo daba vueltas a su alrededor.

Cayó inconsciente una vez más, pero esta vez tuvo un sueño…

Era un niño y estaba jugando a pocos metros de la aldea, con un arco de madera que le había hecho su padre. – De mayor quiero ser Lobo, ¡como mi padre! – Dijo lanzando una flecha de juguete hacia una arboleda.

Se disponía a ir a recogerla cuando una niña corrió detrás de la flecha a la velocidad del rayo. Se internó en la arboleda y de repente, cuando casi había cogido la flecha, una zarpa la derribó…

Una extraña mujer

Su mente estaba llena de recuerdos y sensaciones confusos… Sentía dolor, en el hombro y la nariz, pero también recordaba fragmentos de conversaciones que no había sido capaz de interpretar. Su cara sudaba apretada contra la crin del caballo que le transportaba.

Levantó la cabeza y vio dos caballos delante de él cuyos jinetes eran, a juzgar por los arcos que llevaban en la espalda, los arqueros que le habían capturado… Volvió a desfallecer presa del cansancio y el dolor.

Una intensa pesadilla le despertó, entonces se dio cuenta de que no era una pesadilla, sino la recreación de lo que había pasado no sabía cuánto tiempo antes… volvió a dormir, extasiado.

Recobró la consciencia cuando le bajaron del caballo, sentía una sed espantosa, pero no dijo nada. No era capaz de saber cuánto tiempo había estado viajando…

Dos patadas le sacaron de sus pensamientos, a la vez que escupía sangre y uno de los rudimentarios tapones que detenían la hemorragia de su nariz caía al suelo.

– Llevadlo con la doctora. – Un golpe en la cabeza hizo que volviera desmayarse.

Abrió los ojos, aún confuso y se encontraba atado sobre una tabla dispuesta verticalmente, suspendida en el aire mediante una cadena. Tenía los brazos en cruz y las heridas vendadas… al parecer le querían en mejores condiciones de las que él creía.

Una mujer de misteriosa belleza preparaba un ungüento mientras reía con malicia.

– Vamos a ver quién eres y de qué estás hecho, soldadito.

El mensajero se resignó al darse cuenta de lo que le esperaba, e intentó afrontarlo con valor y orgullo. Sabía que lo iba a pasar muy mal. Pensó en Mahtan y en la Princesa, esperando que se encontrasen algún día y rezó a los dioses deseando que la bendición de la muerte llegara pronto para él mismo.

Bajó la cabeza y suspiró…

El velo negro

El corazón empezó a latir a la misma velocidad que su cerebro planeaba posibles estrategias… Seis arqueros enemigos eran demasiados, además, sabían dónde estaba.

Por fin decidió lo que haría, sin mirar al bosque, corrió hasta unas rocas cercanas, justo en la dirección contraria a la Princesa Esmeralda, rezando a los dioses por que no hiciera ningún movimiento ni sonido que la delatara. Ella lo entendió al instante y se adentró sigilosa en el bosque mientras una lágrima corría por su mejilla.

Debía correr tan rápido como le permitieran sus piernas, era la única oportunidad que tendría de cubrirse y poder presentar un combate cuerpo a cuerpo… contra seis enemigos. Se oyó una risa y un segundo después sintió un profundo dolor en un hombro, había sido alcanzado. Cayó inmediatamente al suelo, justo al lado de su espada, incapaz de mantener el equilibrio. El dolor era insoportable. Por un momento se maldijo a sí mismo, y se arrastró hacia la empuñadura de plata, dispuesto a acabar con su vida. Entendió perfectamente por qué esa flecha no lo mató… le querían vivo. Hizo un último esfuerzo por llegar hasta el afilado acero, por evitarse el sufrimiento que ahora le esperaba, una vida de tortura y dolor. Se derrumbó espiritualmente, llorando, alargó la mano hacia la empuñadura, la agarró… pero no pudo levantarla, una patada en el costado le dejó sin respiración. El sabor a tierra y a sangre inundó su boca, mientras intentaba recuperar el aliento. Otra patada le dejó completamente incapaz de moverse.

Unas manos fuertes le levantaron por los hombros, el dolor de la herida hizo que estuviera a punto de desmayarse, pero no tuvo esa suerte… sintió cómo su nariz crujía al ser golpeada por unos guantes de malla.

Por fin dejó de sentir el dolor de los golpes, y solo un pensamiento ocupó su mente… debía guardar un rincón de esperanza en su corazón, rezó a los dioses por que la Princesa se salvara.

Con ese pensamiento, un velo negro se apoderó de él, se desmayó con una única esperanza…

Esmeralda

Había caminado durante toda la noche, haciendo incluso una ruta más larga, para fingir haberse perdido y hacer que sus perseguidores se despistaran. Estaba agotada, pero aún así conservaba su gélida máscara impenetrable. Durante sus años de vida en el castillo, había estudiado y memorizado los mapas de esas tierras. Había planeado matar al gobernador, pero necesitaba un plan de huida cuando lo hiciera; así que se dedicó durante mucho tiempo a memorizar los mapas de la zona para tomar el camino más adecuado llegado el momento.

Había calculado con exactitud llegar a aquella planicie a una hora en la que hubiera la suficiente luminosidad para tender una trampa y abatir a sus perseguidores desde un montículo de rocas cercano. En caso de que hubieran sido varios perseguidores, existía un pequeño grupo de árboles a unos pocos pasos de las rocas, lo que le hubiera permitido abatir a uno o dos de ellos y después tenderles una emboscada dentro del bosque.
Ocurrió que solo había un perseguidor, o eso creía hasta que desde el montículo de rocas vio como un invitado inesperado observaba al guardia del castillo, dirigiéndose inexorablemente a la trampa que ella había tendido. No tardó en reconocer el emblema de su reino, así que se trataba de un aliado, aunque él, probablemente, no supiera que estaban en el mismo bando…

Tenían una oportunidad de huir sin tener que matar al enemigo, así que se deslizó entre la maleza y puso la daga en el cuello de su aliado… sí… estaba segura de que era el hermano de Mahtan… tenían los mismos rasgos.
– Detente Vardamir, esta guerra se ha cobrado demasiadas víctimas…- Notó la sorpresa que había causado en él, y pensó en relajar la presión de la daga, mientras le convencía de huir. Cuando se disponía a hacerlo, los nervios hicieron que el arco se le disparara, advirtiendo al enemigo de su ubicación, y evaporando toda posibilidad de huir sin luchar…
El soldado se dirigía a ellos a una velocidad vertiginosa, el mensajero reaccionó, desenfundando su espada y preparándose para el asalto. Fue entonces cuando miró la cara de la mujer, y la reconoció al instante; nunca en su vida la había visto, pero supo que era la persona que Mahtan había buscado durante tanto tiempo…
Le entregó el arco, mientras soltaba el broche del carcaj, y le pidió que se dirigiera al bosque. En caso de resultar derrotado, ella podría deshacerse del enemigo desde allí con una flecha certera, o podía despistarlo y huir en la dirección adecuada. La mujer obedeció sin decir nada, no dominaba el arte del combate cuerpo a cuerpo, y tan solo contaba con una pequeña daga… Sin embargo, sí que había practicado algo de tiro con arco.
Estaba a mitad de camino cuando el enemigo cargó. El hermano de Mahtan consiguió detener la estocada, pero una certera patada lo derribó. Se levantó con presteza, deteniendo otro envite dirigido a su cabeza. Había conseguido equilibrar el combate, perdida la ventaja de la carga, la lucha sería ahora un baile de golpes, esquivas y bloqueos, en el que el primero en dar un paso en falso sería derrotado; mientras tanto, la Princesa de Ojos Esmeralda trepaba a un árbol y preparaba su arco, rezando por no tener que utilizarlo.
El soldado era sin duda mejor espadachín, pero se notaba cansado por la larga caminata; sin embargo su contrincante estaba más acostumbrado a la situación, llevaba una espada más ligera y era más ágil, lo que le dejaba pocas posibilidades de victoria. Además, también sabía que la mujer estaba en algún lugar del bosque dispuesta a abatirle con el arco… Poco a poco su moral se iba resintiendo, hasta que cometió un error y recibió un corte en el brazo derecho, que hizo que su arma cayera al suelo. Intentó agacharse a recogerla, pero se encontró con el acero del contrincante apuntando directamente a su cuello. Había sido derrotado.
– Suelta todas tus armas y huye de aquí si no quieres morir.- El enemigo soltó una pequeña daga a sus pies y levantó las manos, indicando que era todo lo que tenía. El mensajero le dio una patada para que empezase a correr en la dirección por la que había llegado. Todo había terminado, por fin.
Miró al bosque y vio cómo la mujer mostraba una cara de alivio, para después volver a ponerse su máscara de hielo.
El soldado derrotado había recorrido unos trescientos metros cuando 6 proyectiles salieron de un arbusto cercano. Todos impactaron en su objetivo, matando al traidor. Para los enemigos, huir de un combate estaba penado con la muerte…
Todavía no estaban a salvo, el enemigo acechaba…

Vardamir

Volvía de verse con un espía, cerca del castillo del gobernador enemigo. Llevaba un mensaje sellado con el informe de la última semana. Quedaban pocas horas de oscuridad, un manto negro que cubría sus movimientos.

Una vez más se enorgulleció de su caballo, rápido, ágil y silencioso. Podía recorrer muchísima más distancia que si fuera a pie, y sin hacer el mínimo ruido.

De repente, algo llamó poderosamente su atención, dos rastros de pisadas se dibujaban en dirección contraria a la orientación del castillo. Uno de los rastros era claramente identificable, un soldado de la guardia, había visto cientos de veces las huellas de esas botas… pero el otro… el otro no tenía nada que ver con ninguna suela que hubiera visto antes.

El del soldado parecía más reciente, por muy poco, que el de las extrañas huellas, y ambos no tenían más de unas pocas horas; la presunta persecución había empezado esa misma noche.

Se encontraba en una encrucijada, debía entregar el informe, pero también tenía el presentimiento que esos rastros le llevarían a algo verdaderamente importante, después de todo… los enemigos de tus enemigos pueden fácilmente ser tus amigos.

Se dijo que la misión era importante, pero cambiar el devenir de la guerra podía serlo mucho más. Escondió el mensaje en un compartimento bajo la silla del caballo y lo azuzó en la dirección del campamento.  Ya había hecho eso otras veces, por ejemplo cuando su compañero fue herido por una flecha enemiga; no podía permitir que el arquero regresara e informara de la posibles rutas que seguían, pues se verían sometidos a cientos de emboscadas y, sin comunicaciones, la guerra corría un grave peligro. Lanzó su caballo con el mensaje en la dirección correcta y comenzó a perseguir al arquero por la montaña. Le alcanzó casi al amanecer, mientras intentaba tenderle una trampa tras unas rocas. Se acercó con sigilo y profirió un profundo corte silencioso en el cuello de la víctima. Todo lo que se oyó fue un ligero gorgoteo, un vano intento de llenar de aire por última vez los pulmones, pero la garganta ya estaba inundada de sangre. Con un sonido sordo, el alma del desafortunado enemigo abandonó para siempre el mundo de los vivos.

Cuando volvió al lugar del ataque, no pudo hacer nada por su compañero; recogió sus pertenencias y volvió al campamento montado en su caballo. La vuelta fue larga y triste, dos muertos en un día eran demasiado incluso para alguien que estaba acostumbrado a portar malas noticias.

Tras ese recuerdo, volvió a centrar toda su atención en el rastreo. No tenía prisa, así que seguía el rastro a cierta distancia procurando tapar sus huellas. La persona que creaba el rastro desconocido parecía dirigirse al norte, aunque de vez en cuando se despistaba. A veces el rastro se paraba junto a un árbol, e inmediatamente se dirigía al norte.

-Debe guiarse por el musgo de los árboles, parece no conocer bien las estrellas.

Las pisadas evidenciaban cada vez más el cansancio, al parecer el extraño personaje intuyó que le seguían, lo cual parecía haber hecho necesario un sobreesfuerzo que empezaba a pagar.

Estaba prácticamente amaneciendo cuando divisó la silueta del guardia completamente desorientado en un claro de bosque, el primer rastro terminaba ahí. El desconocido había engañado a su perseguidor, haciéndole creer que se estaba cansando para tenderle una trampa en un lugar despejado con luminosidad suficiente como para abatirlo a cierta distancia.

El corazón del mensajero se entristeció mientras armaba con presteza su arco. Debía llevarse aquella vida, algo que siempre le resultaba desagradable. Siempre que mataba a una persona rezaba a los dioses suplicando el perdón y la piedad con el alma de la misma.

No tenía elección, debía ser rápido, el soldado pronto se daría cuenta de que había caído en una trampa… apuntó a la cabeza…

– Detente, Vardamir, esta guerra se ha tomado demasiadas víctimas.- Notó el frío acero de una daga que amenazaba su cuello. El miedo paralizó sus músculos y su garganta, incapaz de pronunciar sonido alguno ni de hacer ningún gesto. Esa extraña mujer había pronunciado su apellido…