Una escalera

El sol se desangraba lentamente contra una montaña, al oeste, tiñendo de rojo una parte del horizonte que poco a poco iba siendo invadido por un ejército de estrellas que reclamaban su turno.

Dos sombras completamente estiradas se proyectaban en el suelo, mirándose una a la otra.

– Sabía que volverías…
– He comprendido que mi sitio está aquí.

La mujer se dejó caer sobre las rodillas, incapaz de contener la emoción. El fruto de sus sentimientos se deslizaba fugazmente por las mejillas, cayendo rápidamente al suelo.

Mahtan se apresuró a abrazar a su madre, la besó tiernamente en la frente y volvió a abrazarla. Más lágrimas  de felicidad brotaron de los bellos ojos de la mujer, que correspondió a su hijo abrazóndole con todas sus fuerzas.

– Siento haberme ido, sé que lo has pasado mal por todos nosotros, pero tenía que entender… tenía que comprender… – Mahtan hizo una pausa.- Tenía que equivocarme.

-Ya lo sé, hijo mío. Lo importante es que estás aquí, y eso me llena de felicidad… pero, ¿qué pasa con tu sueño?

– Esmeralda puede esperar, mi sitio está aquí, tengo que ayudarte a ti y a la aldea, todos confían en mí. Esta escalera se sube poco a poco.

– ¿Escalera? – La mujer centró sus brillantes ojos en los de su hijo, sin entender muy bien a qué se refería.

– En mis largas travesías tuve mucho tiempo para pensar,  entendí que cada uno tiene su lugar, su función, y que todo lo que tenga que ocurrir ocurrirá a su debido tiempo. Nada funciona bien si lo fuerzas. – Mahtan ayudó a su madre a levantarse, incorporándose a la vez con ella. – Ahora entiendo la vida como una escalera. Cada decisión que tomamos nos lleva a subir un escalón, a partir de ahí, tenemos dos opciones: seguir subiend, o volver al escalón anterior si nos hemos equivocado. A veces cometemos el error de subir los escalones demasiado deprisa, y éstos desaparecen, esfumándose; de tal forma que para volver al punto donde estábamos antes hay que dar un salto muy grande, y podemos caernos de la escalera.
Por eso vuelvo a este escalón, y cumpliré mi deber hasta que llegue el momento.

– Mahtan…

– Vamos a casa, madre. Los dos nos merecemos un descanso.

Cuando entraron en la casa, la Luna reinaba en el cielo, extendiendo su manto por todo el firmamento y borrando todo rastro del sol, que había, por fin, llegado al final de su camino.

El reparto se hizo de noche, bajo la luz de las antorchas. Mahtan y su madre tomaban un cuenco de sopa de cebolla y unos trozos de pan de cereales cuando uno de los Lobos llamó a la puerta. El joven se levantó de la silla y abrió la puerta con parsimonia.

– Sé que es un poco tarde, pero aquí os traigo la parte del reparto correspondiente a los Vardamir.

– Muchas gracias, hermano.

La mujer apareció tras la puerta. – Parece mucha carne, habéis tenido una buena caza.

– Sí, señora, estamos muy contentos.

Mahtan miró a su madre, cuyos ojos expresaban toda la pena que sentía, y entendió al instante lo que debía hacer.

– Creo que podemos arreglárnoslas con la mitad de carne… a fin de cuentas solo estamos dos… Y aquí hay carne para cuatro personas. – El Lobo no supo qué decir. Mahtan lo cogió del hombro. – Muchas gracias, nos quedaremos con la mitad. Por favor, reparte el resto entre las familias más necesitadas, seguro que lo agradecerán más que nosotros.

– Sí, señor. Mm… me… me alegro de que esté de vuelta, capitán.

– Yo también.

Despidió al cazador y cerró la puerta. Madre e hijo colocaron la carne en la despensa, y charlaron un rato más frente a una taza de té.

– Creo que hoy padre entendería que no salieras a pasear.

– Claro que lo entendería, pero de todas formas lo haré.

– ¿Quieres que te acompañe?

– Prefiero ir sola, además, debes descansar, mañana te espera un largo día, todo el mundo te requerirá para algo, seguro.

– Adoro la rutina…

La mujer sonrió, besó a su hijo en la frente y salió por la puerta, con la única compañía de la Luna y sus secuaces que guardaban fervientemente el firmamento en aquella noche despejada.

Mahtan se durmió con el último pensamiento de volver al escalón que nunca debió subir…

El venado

Por fin había llegado el día, la gente había estado inquieta durante toda la semana, y a medida que transcurrían las horas y no se divisaba a los Lobos volviendo por el camino, los habitantes de la aldea parecían impacientarse más y más.

El sol se precipitaba tras una colina al oeste, arrancando los últimos brillos en el valle y dejando paso a una tenue oscuridad, que venía acompañada de una ligera lluvia. Aquel día parecía ser un fiel reflejo del estado de ánimo que tenían los aldeanos.
Para ella no importaba, desde la partida de Mahtan todos los días habían sido iguales, era como si sus ojos hubieran dejado de distinguir colores, como si todo fuera en blanco y negro. Aún así, no había desatendido sus labores ni un solo día, y había cumplido con su deber visitando a los enfermos de la aldea, ayudándoles en su recuperación. Ese día se encontraba en el centro de la aldea, esperando a la partida de cazadores para distribuir la carne cuanto antes. Habían pasado unas semanas desde el último reparto y la gente esperaba amargamente un remedio que acabara con el hambre que sentía. 
Las mujeres desplegaron una tela enorme que cubría toda la plaza, y que les ayudaría a resguardarse de un incipiente aguacero. Por fin, tras la larga espera, la partida de Lobos con el carromato apareció por el sendero del sur. Cuando entraron fueron recibidos con vítores y aplausos y descargaron a toda velocidad para que las mujeres pudieran proceder con el reparto. Sus rostros mostraban un intenso cansancio, pero la satisfacción del trabajo bien hecho. Solo un Lobo, el más joven de todos, parecía apenado.
Se quedó cortando los trozos de carne, haciendo la labor de Mahtan. Tenía la mirada perdida, como si estuviera en otro lugar, en otro instante. La madre de Mahtan se percató rápidamente, y, cuando hubieron terminado, pidió al muchacho que le contara por qué se sentía así.
El Lobo la miró, y no pudo ocultarle sus sentimientos:
– Todos han cazado una pieza, soy el único que no ha podido traer nada,  he sido un estorbo.
– ¿Por qué dices eso? Sois un equipo, lo hacéis todo entre todos…
– Esta vez no… Encontré un venado el primer día, pero era bastante difícil de cazar, pues se movía siempre tras arbustos y árboles. Parecía saber que yo estaba ahí, y empezó a alejarse. Me separé del grupo, siguiendo su pista, crucé un río y tropecé con una piedra suelta, así que volqué el carcaj y el río arrastró todas las flechas que llevaba menos una. Estaba a medio día de camino del grupo, persiguiendo a un venado y solo tenía una flecha… Aún así decidí seguirlo…
Las manos del joven cubrieron sus ojos mientras recordaba el resto de la historia. Una reconfortante mano se posó en su hombro.
– Parecía andar en círculo, no sabía ya a cuánta distancia estaba, llevaba un día persiguiendo a la presa. El cansancio se apoderaba de mí, también el hambre, pero el venado parecía no cansarse, y seguía su camino… Al parecer volvíamos sobre nuestros pasos, pero eso es algo de lo que no me di cuenta en ese momento.
Por fin se paró en un claro, la visibilidad era perfecta, era el momento que había estado esperando… Puse la flecha en el arco y tensé… intentando apuntar a la cabeza, solo tenía una oportunidad.
De pronto otra flecha atravesó el cuello del animal… un compañero Lobo cazó al venado que yo había estado persiguiendo durante más de un día… Sé que somos un equipo, pero no puedo evitar sentirme mal por ello… Después de todo, el trabajo era mío.
– Debes pensar que gracias a tu esfuerzo, las familias tendrán más comida estos días…
– Supongo que las recompensas no siempre llegan de la forma en la que las esperamos…
– Tu recompensa es el orgullo del trabajo bien hecho, aunque no tengas un venado sobre tu hombro… Deberías descansar, ya verás como mañana lo ves todo de manera distinta…
– Creo que tiene razón.- Se levantó.- Muchas gracias por el consejo, seguro que mañana me siento mucho mejor.
Se abrazaron y despidieron, la mujer suspiró una vez más…

Un contorno borroso

Sus ojos le siguieron hasta que entró en la casa, empañándose de lágrimas cada vez más.

Siempre había sabido que este momento llegaría, y había dedicado las últimas semanas a prepararse para recibir el golpe…

Al parecer no había sido suficiente.

Cuando Mahtan volvió a casa, sus ojos estaban tan empañados, que apenas pudo distinguir un negro contorno fundiéndose con el oscuro fondo que era la casa. Fue entonces cuando su corazón acabó de sucumbir ante la situación; se derrumbó liberando todas las lágrimas que había mantenido entre los párpados hasta aquel momento.

Ya no quedaba nada de la llama que una vez había iluminado no solo su corazón, sino el de todo el mundo que se encontraba con ella; ahora era una pequeña chispa de esperanza en medio de una tonelada de tristes cenizas. Lloró hasta que no le quedaron lágrimas, se vació completamente, sabía que solo así, deshaciéndose de todo, reuniría algún día el coraje para soplar de nuevo sobre esa chispa y avivar el fuego que ya no calentaba su alma.

No vio a Mahtan partir, no se sintió preparada para ello. Allí se quedó, de rodillas, inmóvil, como un cuerpo exánime que esperaba que saliera el sol para poder reactivarse.

El amanecer dio la bienvenida a un día gris, un día en el que el sol no brillaría tanto, la hierba no sería tan verde como siempre, y el agua estaría enturbiada durante mucho tiempo. Se incorporó, había trabajo que hacer: una aldea entera le necesitaba. Lavó su cara en el río y se dispuso a sus quehaceres matutinos, visitando a los vecinos enfermos.

Siempre recibía elogios de todo el mundo, admirando su capacidad de sobreponerse a la adversidad. Esto no hacía más que reafirmar su teoría: a veces las personas más alegres en la adversidad son las que necesitan con mayor urgencia un abrazo.

Salió de la última casa; pensó en Mahtan, en su marido y en su otro hijo. Una lágrima sin brillo intentó resbalar por su mejilla, pero la detuvo a tiempo, secándola con la mano. Todo se tornaba gris, aunque aún quedaba una chispa naranja oculta entre tanta ceniza…

La partida de Mahtan

La silueta, bajo el resquicio de Luna creciente, era inconfundible. Se dirigió hacia ella.

– Padre volverá pronto…

– Mahtan, espero que no hayas venido a decirme lo que creo que vienes a decirme…

– Estoy enjaulado, sabes que no aguanto más.

– ¡Es una locura!

Durante unos minutos, siguieron paseando bajo la luz de la Luna, abrigados por el manto que les proporcionaban las estrellas en aquella noche despejada.

De pronto, la bella mujer se detuvo, miró a su hijo a los ojos, y se derrumbó en un mar de lágrimas mientras le abrazaba. El gesto fue correspondido por Mahtan.

– Hijo mío, no ver a tu padre está acabando conmigo, pero no podría soportar no ver a mis hijos; eres el pilar que me mantiene de pie en estos días… Pero, por otro lado, sé que aquí no eres feliz, debes encontrar tu camino, debes alcanzar tus sueños y luchar por lo que llevas esperando tener toda la vida…

– Madre… – las lágrimas brillaban bajo la luz de las estrellas. – Entiendo tus palabras, pero ahora mismo mi corazón me empuja a salir, y sentiré la desdicha mientras no cumpla lo que me pide… Estarás con padre, disfrutaréis de la vida, traeré a mi hermano de vuelta… y volveré con ella también. Te juro que volveremos a estar todos juntos y que esta maldita guerra se acabará de una vez por todas.

– Todos debemos hacer lo que nos dice el corazón, Mahtan, pero tu partida será una larga sombra en mi corazón, por favor, prométeme que volverás. – Besó la frente de su hijo.

– Primero traeré a padre, y luego cumpliré mi deseo y volveré. Cuida de la aldea, sé que ahora es lo único que te hace feliz.

– Mahtan… – no pudo terminar la frase, cayó de rodillas bajo un enorme pesar, las lágrimas cubrían sus mejillas por completo.

El joven ayudó a su madre a incorporarse, le dio un profundo abrazo, besó su frente y se dirigió a la casa, a preparar su escaso equipaje.

Preparó lo mínimo necesario, tomó también el viejo arco, que entregaría a su padre cuando le viera, y la espada que éste le regaló cuando se convirtió en Lobo.

Abandonó la aldea de noche, solo y sin rumbo fijo, la único que sabía era que quería ir al sur, llegar a la capital y negociar el cambio de servicio de su padre por el suyo propio…


*Fin de los relatos por unos días. Me voy de vacaciones dos semanas. ¡Gracias por vuestro apoyo! En agosto volveremos con más aventuras.

Un saludo y feliz verano.

Paseos… reflexiones

No tardó en encontrar el oscuro contorno acompañando a las estrellas. Un ciclo más… esa maldita guerra le estaba destrozando por dentro.

Paseaba como cada noche por un terreno donde antaño pastaban los animales que servían de alimento durante el invierno. Ese campo yermo, seco y triste era un reflejo exacto de su vida. Elevó su vista al cielo, buscando esta vez el consejo de sus antepasados. Los tenía constantemente presentes, preguntándose dónde estarían, pero segura de que velaban por ella… aunque no lo pareciera.

No tenía noticia alguna de su marido desde hacía varios meses. -Al menos no hay ninguna mala.- Pensó.

La partida de caza tenía prevista su llegada al día siguiente. El olor de la sopa de cebolla inundaba la casa y los alrededores. La noche no era demasiado fría, pero aún así había hogueras encendidas para asustar a los peligrosos lobos, que últimamente se acercaban demasiado a la aldea.

Todo el mundo estaba triste, habían perdido las ganas de vivir. Los niños ya no jugaban por miedo a sufrir un ataque de lobos, los adultos ya no conversaban; estaban cansados de hablar de las desgracias de la guerra. La gente ya no sonreía. La incertidumbre y la desdicha de apoderaba poco a poco de aquellos aldeanos…


Se imaginó una vez más acurrucada sobre su pecho, acariciando sus brazos y mirando la Luna juntos, como siempre hacían todas las noches; era su pequeña morada espiritual. Un lugar en su alma que alimentaba la llama que le hacía seguir viva.


Dio la vuelta, era tarde y el día siguiente sería duro. Había que repartir las raciones de venado entre las gentes de la aldea, y probablemente hubieran de remendar los maltrechos ropajes de los Lobos, para que salieran de caza lo más pronto posible, una vez más.


Siempre había tenido una vida dedicada a los demás, a hacerles la vida un poco más fácil. Sus padres murieron siendo ella muy joven, y pensó que nadie se merecía tanto sufrimiento, así que buscó un erudito que le enseñase técnicas de curación durante unos años y volvió a la aldea.


Ahora no había medicina que pudiera curar su tristeza, lejos del hombre al que amaba, sufría por sus hijos: el pequeño era mensajero en la corte del rey, con lo que estaba constantemente transportando mensajes del frente a los campamentos, en ocasiones cruzando territorio enemigo. El otro, Mahtan, llevaba el sufrimiento por dentro. Siempre decía que los buenos tiempos volverían… e intentaba animar a todo el mundo con su discurso optimista. Pero ella sabía que, a veces, las personas más alegres en la adversidad son las que necesitan con más urgencia un abrazo. Mahtan siempre había hablado de sus sueños, siempre hablaba de ella, siempre la tenía presente: La Princesa de Ojos Esmeralda. Volver a encontrarla sería el reto más importante y difícil de su vida.


Mientras tanto, en el transcurrir del tiempo solo podían huir…