La soledad del viajero

Esta vez fue él quien abrió la puerta de la habitación para dejar entrar a la mujer justo cuando el primer rayo de sol se dividía en mil pedazos tras atravesar la ventana y lamer la daga que descansaba junto a la mesa.

– ¡Buenos días!
– Vaya… ¡buenos días!
El sargento llevaba un papel doblado en la mano, atado con un hilo a una preciosa rosa.
– Hoy vuelvo a casa, pero no podía abandonar este lugar sin agradecerle de corazón todo lo que ha hecho por mí.
La mujer tardó unos segundos en reaccionar. Se quedó paralizada, incapaz de hacer ningún gesto o de emitir sonido alguno. La reacción llegó acompañada de un súbito enrojecimiento de toda la cara
– Gracias… la verdad es que no sé qué decir.
– No hace falta que diga nada, era un pequeño detalle que quería tener con usted. – Tomó la bandeja del desayuno y la posó sobre la vieja mesa. – Siento no poder acompañarla hoy, pero quería desayunar lo más rápidamente posible e irme a casa. Supongo que lo comprenderá.
– ¡Por supuesto! Me alegro de que ya se haya recuperado. Le echaremos de menos por aquí, pero no diré que espero que vuelva. – Una sonrisa de complicidad se dibujó en el rostro de la enfermera, que  poco a poco iba volviendo a la normalidad.
La habitación se iluminaba lentamente, y el hombre ya se encontraba solo. Devoró el monótono desayuno tan rápido como le permitió la cuchara y se encaminó como un rayo hacia la cabaña del oficial responsable.
– Buen viaje a casa, Vardamir. – Recuerde que tiene dos meses de permiso hasta que le volvamos a llamar.
Eligió un caballo de la caballeriza, pidió que lo ensillaran y fue al almacén a por suministros; el viaje duraría un par de días. Aunque conocía una posada a mitad de camino, prefirió avituallarse bien.
Recogió al caballo y partió a casa… de nuevo a casa.
Volvería a abrazar a sus hijos. Pero también a ella, a la mujer que tanto amaba, a la que siempre veía reflejada en la luna. Hasta en las más oscuras noches ella siempre tenía un lugar iluminado en el firmamento de su corazón. Volvería a tocarla, a mirarla como el primer día, a besarla y acariciarla. Volverían a pasear juntos de noche, como siempre habían hecho. Solo serían dos meses, pero eso no importaba ahora. Su cabeza solo tenía un pensamiento.
Atrás quedó el sufrimiento, el miedo y la espera insoportable en aquella cama, las muletas, los desayunos repetidos hasta la saciedad. Atrás quedaban también las escenas en las que había mirado a la muerte a la cara, el dolor en la pierna y la soledad.
Mientras se alejaba, una silueta le observaba desde la ventana de la habitación, triste y contenta a la vez.  La rosa descansaba boca abajo junto a la cama.
Ni siquiera estuvo tentado de mirar atrás, y el terreno que había por delante tampoco importaba mucho, sabía qué dirección tenía que seguir y que solo era cuestión de tiempo.
El día transcurrió largo y aburrido, haciendo las paradas necesarias para que el caballo descansase. Él no se sentía cansado, de hecho no le habría importado cabalgar toda la noche. Lejos de reposar junto al animal, se internaba en la espesura en busca de frutos silvestres que recogía y compartía con la bestia. También daba paseos o practicaba con el arco. No podía estar quieto, los nervios cada vez eran más intensos.
La claridad ya agonizaba cuando llegó a la posada. Dejó al caballo descansando y se acostó tras tomar una jarra de cerveza. Apenas durmió esa noche, esperando que pasara lo más rápidamente posible para seguir el camino.
Despertó a su compañero de viaje antes que el amanecer y se pusieron de nuevo en camino.
Volvía a casa una vez más… pero esta vez no era el único. Dos personas más se dirigían al mismo lugar…

Una alegre mañana

El primer rayo de sol que presentaba al amanecer acarició sus ojos. Antes de abrirlos volvió a percibir, una vez más, el característico y aborrecido olor del desayuno. Como cada día, la misma enfermera entraba justo con la primera luz del alba, daba cuatro ruidosos pasos y dejaba el mismo cuenco en la misma mesa, acompañado, como siempre, de un vaso lleno de agua.

– ¡Buenos días, sargento! ¿Cómo se encuentra hoy? – Una y otra vez volvía a escuchar las mismas palabras al despertarse.
– Supongo que mejor que ayer y peor que mañana… Buenos días. – Por enésima vez esas volvían a ser las primeras palabras que pronunciaba cada día. – Y gracias por el desayuno, siempre tan puntual… 
– Es mi trabajo, señor Vardamir. ¿Quiere acompañarme en mi ronda matutina? – El sol comenzaba a abrirse camino, empujando la oscuridad de la noche y bañando de luz la habitación, donde todavía se desperezaban las sombras de los objetos que había sobre la mesa, como todos y cada uno de los días desde no recordaba cuándo.
– ¡Está bien! ¡Vamos a dar una vuelta!
-D… de acuerdo, ¿le ayudo a levantarse? – La novedosa respuesta dejó paralizada por un segundo a la mujer, cuya voz tembló al transmitir su respuesta.
Antes de que acabara de formular el ofrecimiento tenía al hombre a su lado; un ágil movimiento le había permitido salir de la cama y colocarse junto a la enfermera. Ni rastro del dolor en la pierna.
-Vaya, parece que la recuperación va por buen camino. Me alegro mucho, sargento. 
– Me he dado cuenta de que no podía hacer nada más que esperar, así que decidí tomarme las cosas con calma y hacer todo lo posible por estar sano y fuerte cuando la herida cicatrizara… Espero poder salir de aquí cuanto antes…
-Desde luego; si puede moverse de esa forma sin dolor no le debe quedar nada de tiempo… – La mujer hizo una pausa y tocó el brazo del sargento.- Señor… si va a venir, tiene que ser ya, he de llevar el desayuno al resto de los soldados.
– ¡Vamos! – El padre de Mahtan comenzó la marcha con paso firme, ofreciéndose incluso a portar el carro con los desayunos que quedaban por repartir. Las desgastadas muletas, fieles compañeras suyas durante su estancia, observaban la escena olvidadas en una esquina.
El resto de la mañana transcurrió plácidamente. Los enfermos se alegraron al ver cómo había mejorado, y él les administraba dosis de buen humor y entusiasmo, animándoles y deseándoles una pronta recuperación. Incluso consiguió hacer sonreír por primera vez en mucho tiempo a un pobre mutilado: un arquero de reconocimiento que había sufrido un terrible accidente mientras hacía una ronda de exploración. Su caballo trastabilló en una roca suelta y se partió ambas patas, haciéndole caer y aplastándole las piernas con la mala fortuna de que el carcaj de flechas envenenadas había quedado en medio. Una vez infectado, solo la amputación en las siguientes horas había salvado su vida… aunque también la había ensombrecido largamente.
– Creo que estoy listo para volver.- El paseo había sido muy agradable, pero su estómago rugía pidiendo las ya no tan desagradables gachas.
– Haré lo posible para que sea cuanto antes. Gracias por acompañarme. – Un leve destello carmesí apareció en las mejillas de la enfermera.
– Gracias. Volveré a mi cuarto, el desayuno me espera. – Dedicó una tímida sonrisa a la mujer que le había cuidado durante todos esos días.
Volvió sobre sus pasos, contento de haber salido del agujero, contento de saber que pronto las sombras de la soledad desaparecerían y volvería a encontrarse con la dueña de sus sueños.
Instintivamente comenzaba a imaginarse sobre un caballo de vuelta a casa…

Agujero

El pasillo quedó en silencio una vez el soldado se marchó.
Intentó levantarse y dirigirse a la mesa sin tener que llamar a la enfermera. Consiguió llegar con menos dolor de lo que había previsto…

La comida ya estaba fría, y no se podía decir que tuviera un gran apetito; además, el contenido del plato no invitaba en absoluto a abalanzarse sobre él.

Sabía que tenía que comer; eso le haría recuperar fuerzas y ayudaría en la curación de la herida… La herida. La herida era la consecuencia. La herida era el castigo por lo que había hecho, era el traspiés que le había hecho caerse por ese agujero…

Si no se hubiera vuelto loco, si solo se hubiera detenido a pensar por un instante, la herida no sería más que una pequeña molestia en la pierna… Pero no era así, se había vuelto a infectar, y ahora no solo tenía que cargar con la dolorosa molestia en el muslo, sino que también había tirado por tierra las opciones de volver a casa…

Volver a casa.

Podía estar comiendo un delicioso cuenco de sopa de cebolla con venado, mientras, frente a una chimenea, conversaba y acariciaba a su tierna esposa. Por la mañana podría acompañar a su hijo de cacería, compartir un rato con él; para volver al calor del hogar por la noche, y pasear bajo las estrellas con su princesa.

Sin embargo, tropezó con la piedra de la inconsciencia y cayó en ese manto azabache del que no podía salir. También sabía que las cosas no serían fáciles cuando la herida cicatrizara… si es que cicatrizaba. El jefe de la guarnición quería hablar con él y nadie sabía qué se le podía pasar por la cabeza a ese hombre; lo que era seguro era que no disfrutaría de su periodo de permiso.

Pensó en lo fácil que era perderlo todo, en cómo en un instante se puede desmoronar hasta el que creemos más resistente de los castillos. Una brizna de locura había destrozado los cimientos del edificio en el que había puesto sus esperanzas a corto plazo. Ahora debía esperar, enfrentarse a lo desconocido y esperar a que el tiempo le devolviera la oportunidad.

Sentía miedo…

-Supongo que todos sentimos miedo a lo desconocido… – Dejó la cuchara sobre el plato vacío y terminó la comida con un largo trago de agua. Acto seguido volvió a la cama y se hundió una vez más en ese hueco.

Miró por la ventana… el día era oscuro, un día más en esa sala, un día más en ese agujero…

El mejor capacitado para el puesto

La habitación se iluminó acompañada del incesante dolor en el muslo, como cada día. Esta vez, al menos, había podido conciliar más momentos de sueño de lo normal. La herida se había infectado de nuevo, pero, al menos había vuelto a salvar la pierna… al menos de momento.

Mientras esperaba con impaciencia que la enfermera llegase para limpiar la herida y darle el desayuno, una fuerte discusión en el despacho de al lado, el del capitán del puesto,  llamó poderosamente su atención. Se concentró en escuchar detenidamente la conversación, aunque tenía la impresión de que los gritos podían escucharse por todo el pasillo…

– Con el debido respeto, ¡capitán, no entiendo por qué no estoy yo al mando de esa misión!

– ¿Es que no entiende que aquí las decisiones no las toma usted? ¿Quién se cree para cuestionar las órdenes de un superior?

– ¡Yo fui el que encontró el objetivo, y arriesgué mi propia vida, dejando a mi pelotón atrás, en un acto de valentía para estudiar el terreno y encontrar la posición más propicia para el ataque! Es mi zona de actuación,  conozco el terreno y sabía exactamente cómo tenía que actuar…

– No tengo por qué discutir esto con usted, está incurriendo en una falta gravísima, sargento.

– Señor, creo que merezco al menos una explicación.

– ¡No toleraré más actos como el suyo, sargento, estoy a punto de sancionarle! ¡La gloria personal es insignificante y jamás permitiré que haya egos y orgullo entre los hombres que están a mi cargo!

– ¡Exijo una explicación!

– Sargento, queda usted relevado del mando, a partir de ahora su nuevo destino es el frente oeste, reúnase con la persona al mando en cuanto llegue. Pase por este despacho mañana con la primera luz del día, llevará una carta explicando su indisciplina, el capitán del frente sabrá qué hacer con usted. Puede retirarse….

– ¡Maldita sea! ¡Se está equivocando, capitán!

– Por favor, sargento… o debería decir soldado… retírese. ¡Queda degradado!

El nuevo soldado salió del despacho, hecho una auténtica furia. El sargento, desde su cama, pudo observar la rabia, la ira y la desesperación en sus ojos.

– Entiendo en parte al chico – La enfermera había entrado sin que el padre de Mahtan se diera cuenta. -Debe ser frustrante hacer todo el trabajo y que al final te lo arrebaten de las manos sin saber por qué…

– Aquí los que manda… – hizo una pausa para intentar soportar el intenso escozor de las hierbas curativas, una gran cantidad de pus salía de la hendedura. – … los que mandamos… seguro que hay una razón detrás de todo… además, no podemos hacer nada.

– Conozco al chico personalmente, a veces es demasiado exigente consigo mismo, puede que le cueste superar este golpe… Sargento, esta herida tiene cada vez peor pinta, no debió haber hecho lo que hizo.

-Ya lo sé, estoy arrepentido, pero no podemos cambiar algunos errores del pasado, solo podemos aprender de ellos y no volver a dejarnos llevar cuando no somos capaces de razonar.

– Estoy de acuerdo… prepárese… esto va a doler…

El sargento no pudo terminar su frase, un dolor intenso nubló su vista durante una décima de segundo; acto seguido todo se fundió en un velo negro, del que despertó horas después con la venda cambiada y la comida fría sobre la mesa….

Pudo ver cómo el chico se dirigía antes de tiempo al despacho del capitán.

– ¡Ya lo tengo todo listo, señor! ¡Volverá a por mí, se lo aseguro, soy el mejor capacitado para el puesto!

Vardamir suspiró, esperando que todo se solucionara para ese pobre chaval.

Alimentar a la bestia

Las horas en aquella camilla parecían interminables, sin saber nada de su familia y sin poder hacer nada por enviarles ningún tipo de mensaje. No sabía dónde estaban sus hijos -de hecho, seguía creyendo que Mahtan estaba en la aldea- y no conocía de ningún soldado con permiso que fuera a viajar a la aldea o sus alrededores…

Siempre que se encontraba en una situación desesperada, recordaba una de las viejas historias de su padre, el Viejo Lobo:

Muchísimo tiempo atrás, dos hermanos gemelos caminaban un día por los alrededores de la aldea, cuando de pronto, un arbusto se agitó, lo que atrajo su atención.Una cría de dragón negro yacía abandonada, y con las patas rotas junto al cadáver de un jabalí, que tenía el cuello totalmente destrozado tras el ataque de las garras de la cría. Todo hacía suponer que el jabalí había intentado devorar a la bestia, y ésta se había defendido, matando al animal. La cría de dragón intentaba comer parte de la desgarrada y ensangrentada carne del jabalí, pero era incapaz de volar aún y no podía mover las patas traseras, así que se arrastraba penosamente entre pequeños gemidos de dolor.

En la región todo el mundo decía que los dragones negros eran criaturas de una maldad inimaginable, y que su presencia cerca de cualquier aldea debía ser erradicada antes de que pudiera tener oportunidad de liberar su maldad. Por eso, uno de los gemelos cogió rápidamente una piedra del suelo, dispuesto a aplastar el cráneo de la pequeña criatura, que intentaba llegar a la ansiada comida…Pero su hermano le detuvo. Un hechizo de control mental parecía afectarle, estaba obnubilado con la extraña belleza de la bestia, con sus brillantes escamas, con la perfección de las formas de su cuerpo, que seguía teniendo una extraña belleza a pesar de tener las patas destrozadas…

– ¡No lo hagas! Deja que muera solo, no puedo dejar que destruyas una criatura tan maravillosa…
– ¿Cómo? ¿Es que no sabes lo que puede pasar?
– Sí… sí… pero.. míralo, no pude ni moverse, morirá a la intemperie, solo te pido que no lo mates tú… deja que muera, por favor.
– ¡No podemos arriesgarnos!
– Obsérvalo, va a morir… no te conviertas en un asesino, déjalo morir, por favor…
– Está bien, pero vayámonos de aquí, este bicho me da muy mala espina…
– De acuerdo, adelántate, yo cortaré un poco de carne de jabalí, parece que las patas traseras están en buen estado, ¡esta noche cenaremos jabalí al horno, avisa a padre y madre!

Estaba anocheciendo cuando por fin regresó a la aldea. Volvía con las patas de jabalí, pero nunca dijo que el resto se lo había dado a la cría de dragón, a la que llevó a una cueva cercana para intentar curarla.

Con el paso del tiempo, solía ir a ver a la bestia, llevándole restos de comida, y hierbas curativas para las heridas, que poco a poco cicatrizaron.

Un buen día, la cría se convirtió en un pequeño dragón joven, y su malicia había crecido tanto que asesinó a quien le había salvado la vida aquél día. Después se dirigió a la aldea, matando a todos sus habitantes con una crueldad inimaginable: algunos morían envueltos en llamas, otros atrapados bajo sus patas, también había cuerpos estrangulados, y algunos hasta murieron engullidos totalmente… solo quedó uno con vida al final, delante de él… El dragón le recordaba perfectamente, era el hermano de su cuidador, el que tuvo la roca en la mano, el que iba a acabar con su existencia. El humano entonces comprendió la traición de su hermano, por su imprudencia, se había perdido todo… Murió igual que aquél jabalí, con el cuerpo atravesado por las afiladas garras del dragón…

Nunca hay que alimentar a la bestia…

La razón y el corazón

Se dejó caer, presa de la decepción que sentía hacia él mismo, junto a un gran tronco. La tormenta se había hecho bastante intensa, pero las ramas del árbol eran espesas y les protegían de la lluvia. Tárax seguía respirando rápidamente, intentando recuperar el resuello. La presión del jinete había sido enorme, y el caballo se había exprimido al máximo. Tras unos instantes, la bestia se acomodó junto a su dueño.

El dolor de la pierna era muy agudo, y le había costado tanto bajarse del caballo que no se creía capaz de poder volver a subir, al menos hasta que se le pasaran los calambres que sentía en los hombros.

Intentó relajarse con el sonido de la lluvia, aunque en su mente se sucedían los pensamientos de manera constante, atropelladamente. Su comportamiento había sido totalmente irracional, poniendo en peligro tanto su vida como la de Tárax, y; si hubiera llegado a la prisión, probablemente la de su hijo… en caso de que siguiera vivo. Además, seguramente desde el centro médico hubiera salido alguien en su búsqueda, y podría haber quedado atrapado en la tormenta que se había formado… Definitivamente tenía que pedir perdón por su actitud, y estaba claramente arrepentido. Luego pensó que su comportamiento le costaría un castigo ejemplar, la pérdida de control no encajaba en la disciplina militar, y, por tanto perdería algunos privilegios, principalmente su permiso. Quizás también tuviera que hacer algún trabajo de establos o letrinas…

– He perdido la oportunidad de hacer lo que más deseaba en el mundo, que era ver a mi esposa, por un ataque de pánico, Tárax. Estoy muy arrepentido, he sido un inconsciente, espero que sepas perdonarme.

El caballo emitió un pequeño gruñido, como si hubiera entendido lo que el sargento le había dicho.

¿Acaso no era su hijo un motivo suficiente como para perder el control? ¿Qué pensaría ahora su mujer? Su cerebro agolpaba las preguntas en su mente, sin que le diese tiempo a responder ninguna… Empezaba a sentirse demasiado cansado.

La tormenta remitió, abriendo paso a la oscura capa con millones de puntos brillantes, que observaba el terreno mientras las pocas nubes que quedaban dejaban caer las últimas gotas de agua.

-Tárax, te pido un último esfuerzo, debemos llegar al puesto esta misma noche, el dolor se me hace casi insoportable. – El caballo le miró, con la pena reflejada en sus oscuros ojos.

Intentó incorporarse, no sin soltar un desgarrador grito de dolor. La venda empezaba a empaparse de sangre, la herida se había vuelto a abrir; necesitaba curación si no quería que se volviera a infectar… ya había estado a punto de perder la pierna una vez, y ahora, por su falta de raciocinio, se asomaba de nuevo al abismo.

Tras varios intentos, consiguió subir al corcel. El dolor le había hecho estar a punto de desmayarse en dos ocasiones, pero había logrado reponerse… probablemente no lo lograría una tercera. Debía llegar él solo al puesto, pues la tormenta de la noche anterior había borrado las huellas del caballo, lo que hacía prácticamente imposible que le encontrasen…

Las estrellas le seguían de lejos, aunque siempre acompañando a la creciente Luna, que vigilaba la escena arropada por unas pequeñas nubes, restos de la vorágine anterior. Intentó levantar la vista, como cada noche, pero tuvo que recostarse sobre el caballo, abatido por el cansancio y el dolor, y rezar para que Tárax supiera volver al pequeño puesto fronterizo.

Tres jinetes lo interceptaron unos kilómetros más adelante, muy cerca ya del puesto fronterizo, el capitán intentó dialogar con él, pero el cansancio hizo que esta vez sí se desmayase.

Se despertó bajo la mirada del furioso capitán.

– Espero que le haya merecido la pena el viaje Vardamir, y que comprenda que una actitud así no será tolerada. La enfermera ha dicho que necesita recuperarse, le quiero en mi despacho en cuanto pueda levantar su maldito culo de la cama. ¿Está claro?

– Sí, mi capitán. – La voz era muy débil, apenas audible.

– Bien. – El capitán salió de la sala, con aire enfadado.

Había perdido todo lo que tanto le costó reunir en los últimos meses solo por una estupidez. El desánimo y la tristeza se apoderaron de él. El día gris y tormentoso era un fiel reflejo de su corazón en esos momentos.

Alguien entró en la habitación un tiempo después, y el sargento pensó que sería la hora de comer, aunque no tenía demasiada hambre.
Sin embargo, quien entró fue el soldado con el que había hablado unos días antes.

– Solo he venido a decirle que admiro su valor, Sargento, en nuestra conversación me enseñó lo importantes que son para nosotros las otras personas, y que debemos luchar por ellas tanto como nos permitan nuestras fuerzas. Hoy, sin embargo, me ha demostrado lo que está dispuesto a hacer por su hijo, ha sido capaz de intentar lo imposible por salvarle, enseñándonos el amor que siente por él. Si no fuera por su pierna, estoy seguro de que lo habría traído sano y salvo. Tengo la impresión de que no voy a dejar de aprender nunca de usted. ¡Gracias, señor!

El chico salió de la sala precipitadamente, alegando estar de guardia y buscándose un buen lío si alguien le veía. Cuando cerró la puerta, un rayo de sol se coló entre las nubes e iluminó el pecho del hombre tumbado en la cama, justo en su corazón.

Fue entonces cuando el sargento entendió que hay veces en las que hay que escuchar más al corazón que a la cabeza…

Los caprichos de los dioses

Se despertó justo cuando la enfermera estaba terminando el vendaje, el dolor había remitido, y un olor que reconoció como el de un tipo de hierba curativa que usaba su mujer impregnaba la fría sala.

Espero que haya descansado, sargento, la herida ya está mucho mejor, seguramente mañana pueda cabalgar a casa. Ya me han dicho que tiene un mes de permiso.

– Así es. – Respondió con aire ausente, preguntándose cuánto tiempo había dormido. Lo cierto era que se encontraba mucho mejor. – ¿Qué ha sido del príncipe…? – Intentó asomarse por la ventana.

– El príncipe partió ayer a la capital, un mensajero trajo noticias sobre un soldado, apellidado Vardamir, que había sido capturado. Así que se fue de urgencia a ver a su padre para tratar el asunto. En cuanto al caballo, no se preocupe, no tenemos los mejores establos del mundo, pero Tárax está bien cuidado…

– ¿Vardamir has dicho?

– Sí, creo que era un mensajero, ¿por qué?

– Soy el sargento Vardamir, ese hombre es mi hijo…

La cara de la mujer se tornó alarmantemente roja.

– L…l… lo siento, señor, no tenía ni idea…

El sargento se incorporó, pero un dolor agudo le hizo volver a recostarse…

– ¿Sabes algo más?

– El mensaje era secreto para el príncipe, señor, no obstante, en la fortaleza se comenta que fue trasladado a la Prisión… Siento darle estas noticias, sargento.

Nadie del reino conocía la Prisión, pero todo el mundo había oído historias. Historias de experimentos y torturas que hacían confesar hasta al más fiel de los soldados. El sargento se derrumbó…

Tras unos instantes de llanto y maldiciones a los dioses bajó de su camilla y con un intenso dolor que casi hizo que se cayera de bruces al suelo, cogió su espada, corrió hacia los establos y montó a Tárax, tomando rumbo sur y azuzando al caballo para que galopase con la mayor celeridad posible…

Nadie reaccionó a tiempo para detenerlo, el sargento cabalgaba ciego de ira, maldiciendo una y otra vez, con violentos gritos. Estaba fuera de sí…

En la enfermería

Asintió hacia aquel hombre con la cabeza, cerrando los ojos, y dio media vuelta para entrar a la enfermería.

En seguida se le proporcionaron unas muletas de madera con las que caminó hasta una pequeña silla donde debía esperar hasta que le asignaran una cama.
Desafortunadamente, en aquel sector no había mucha actividad, por lo que los servicios en la enfermería del pequeño fortín eran muy limitados; la mayor concentración de curanderos y medicinas se encontraba unos kilómetros más al noroeste, en un campamento cerca del frente.
A pesar de ello, había algunas aprendices que no habían acabado su turno, y el sargento pudo ser trasladado a una sala habilitada para las curas de ese tipo de heridas. Por el camino se cruzaron con varios soldados heridos, algunos de ellos mutilados, que mostraban en sus rostros los horrores que habían sufrido; el padre de Mahtan sintió una gran pena, y notó como la alegría de volver a casa se cubría bajo una nube negra, llenándose de tristeza e impotencia. 
Llegó por fin a la puerta de la sala, donde le esperaba una joven curandera, le pidió que se sentara en la precaria camilla y rajó el pantalón con un cuchillo, dejando ver la tremenda herida, infectada y aún sangrante.
– Parece que se ha infectado… esto le va a doler, sargento, y puede que no vuelva a caminar en unos días… La buena noticia es que lo vamos a curar a tiempo. – La forzada sonrisa de la sanadora animó al soldado, que se preparó para aguantar el dolor, creando un habitáculo en su mente donde pensaría en su amada esposa.
No quiso mirar la operación, se tumbó en la camilla intentando abstraerse, mientras sentía un dolor casi insoportable en el muslo; su cuerpo sudaba enormemente y, de repente, un chorro de sangre salpicó a la enfermera, acompañado de un dolor tan intenso que el soldado se desmayó…

Sargento Vardamir

Caminaba, con ayuda de dos hombres, hacia la enfermería. Por primera vez era consciente de la gravedad de la herida del muslo. Un dolor agudo recorría su pierna cada vez que daba un pequeño paso. En uno de los pasillos se encontró a un guardia con gesto triste y desanimado.

– ¿Qué ocurre?- El interpelado levantó la cabeza y dirigió su mirada directamente al pecho del interlocutor. 
– ¿Señor? – Todo soldado llevaba en el pecho un símbolo que denotaba su rango, así eran fácilmente identificables dentro de los cuarteles. Cuando salían al campo de batalla, el símbolo era cubierto, para que el enemigo no pudiera identificar los altos mandos y dirigir los ataques contra ellos; en esta ocasión, el sargento Vardamir no llevaba el símbolo, pues lo había arrancado de su uniforme varios días antes, cuando vio el campamento base totalmente destrozado, presa de la impotencia y la rabia.
– No busques mi rango, ahora estamos hablando de hombre a hombre. ¿Qué te ocurre? – Una sonrisa intentó relajar la conversación.
– S… señor… no sé qué decir… 
– He dicho que estamos hablando de hombre a hombre, olvida la disciplina militar, di lo que tienes que decir. – El sargento le tocó en el hombro. – ¿Qué te tiene tan apenado?
– Es esta maldita guerra, creo que nunca va a terminar, no importa lo que hagamos, cada vez golpea uno, y al final estamos más cansados y más desanimados.
– Mira a tu alrededor, toda esta gente tiene el mismo pesar que tienes tú. Pero hemos de pensar que algún día terminará, y que queremos estar ese día para celebrarlo, abrazándonos como hermanos. Todo tiene un final, querido amigo; y éste llega cuando tiene que llegar, ni antes, ni después. Dura el tiempo necesario. Nos ha tocado tener que aprender a vivir con esta guerra. ¿De dónde eres?
– De una pequeña aldea al sur de la capital, señ… – Dejó la frase a medio. – Acabo de volver de mi permiso de 4 semanas.
– Te entiendo, yo tengo ahora mi permiso, después de un largo tiempo, por fin podré volver a ver a la gente que quiero, y es por eso por lo que he luchado, sin importar  el esfuerzo que tuviera que derrochar. He luchado por vivir lo suficiente para volver a ver a mi familia, y eso es lo que debes hacer tú. Lucha por que llegue el día en el que puedas hacer lo que quieras, pero no te desanimes si no llega cuando quieres, debes pensar que llegará cuando tenga que llegar.
– Tienes razón, gracias. ¿Cuál es tu nombre? – El tono de tristeza de su rostro se transformó en un gesto serio, pero dispuesto a enfrentarse a cualquier cosa. 
– Mi nombre no importa, quédate con las palabras, amigo. – Dio un golpe en su hombro y metió algo en el bolsillo del uniforme del soldado. – Espero que vuelvas a ganarte un permiso lo antes posible. Hasta pronto.
Continuó por el pasillo, ayudado por sus dos asistentes. Cuando estaba a punto de entrar en la enfermería oyó un: «¡Gracias Sargento Vardamir, nunca olvidaré esta conversación, señor!». En su bolsillo encontró el símbolo que denotaba el rango del padre de Mahtan. Acababa de comprender que todos los hombres eran iguales, no importaba el rango, todos luchaban por un sueño, y solo si acababa esa guerra podrían alcanzarlo. 
Ya nunca más hubo desánimo en su corazón, solo el empuje de seguir adelante en la adversidad.
 

Un rayo de esperanza en la tormenta

La lluvia seguía azotando con violencia su cara, impidiéndole mantener los ojos abiertos. El viento movía su capa empapada, estaba helado de frío, tenía una flecha clavada en su muslo, se encontraba en medio de la tormenta más intensa que había visto en su vida; todavía no había asimilado el haberse librado de esa muerte segura, un final al que había mirado a los ojos, dispuesto a enfrentarse a él con honor… pero al final, silbó…

Nada de todo lo que ocurría físicamente en su cuerpo le afectaba, casi ni era consciente del dolor, tan solo sentía la llama de su corazón, que brillaba y calentaba con más fuerza cuanto más se aproximaban al puesto fronterizo. Se había convertido en un héroe impertérrito ante la adversidad.

Detrás de él estaba el príncipe, con la cara completamente blanca, cubierta por una capucha empapada; todavía no era capaz de asimilar lo que había ocurrido, en un momento estuvo tentado de decirle a su compañero que atravesara su nuca con la espada, dándole una muerte más digna que un flechazo desde la distancia, y al siguiente se encontraba cabalgando sano y salvo hacia un puesto fronterizo. Creyó que era todo una ilusión e intentó hacer un esfuerzo por salir de ella, como quien es consciente de que está en un sueño e intenta despertar. No pasó nada… seguía montado en aquel caballo… con su rostro tan pálido como el de un muerto. Parecía haber envejecido treinta años en diez segundos.

Era imposible saber en qué dirección cabalgaban, el manto de agua lo cubría todo y el viento no les dejaba prácticamente abrir los ojos. No obstante, aquello no importaba, quien les llevaba era Tárax, el Corcel Negro, la mejor montura que había en todo el reino.

Tárax conocía perfectamente el camino, lo había hecho cientos de veces y sabía perfectamente quién era su jinete, le había amaestrado cuando tan solo era un pequeño potro.

Poco a poco la tormenta iba remitiendo, y por fin llegaron al paso de las montañas. Una flecha se clavó en el suelo junto a una de las patas del caballo, indicando que, si querían pasar debían conocer la contraseña; si no, serían acribillados.

– ¿Es que no sois capaces de reconocer a vuestro príncipe? – La voz del hijo del rey hacía adivinar que se encontraba realmente molesto y cansado. – Cabalgamos uno de vuestros caballos, ¡abrid las malditas puertas!

Otra flecha cayó y se clavó cerca del príncipe.

– ¡Maldita sea! – Bajó del caballo y se quitó la capa, dejando relucir la armadura real. Inmediatamente la puerta se abrió, dejando ver al capitán de la guardia a 10 de sus hombres con sus arcos apuntándoles directamente.

– ¡Bajad las armas, es el príncipe! ¡Diablos, majestad! ¿Cómo sobrevivísteis?

– Hay cosas más importantes en las que pensar, mi compañero y yo debemos descansar, mañana viajaré a entrevistarme con mi padre. Dadle a este hombre un mes de descanso, se ha ganado el ver a su familia.
Procuradnos una cama y cuidados médicos, ¡y sacadle esa maldita flecha de la pierna!

La puerta se cerraba tras ellos. Ahora que todo había terminado empezó a ser consciente de lo cansado que estaba y de lo que le dolía la herida de la pierna. Pero nada importaba. Tenía un mes de permiso, y al día siguiente partiría sin demora a ver a su amada esposa. Una lágrima resbaló por su mejilla, no podía creerlo, volvería a tenerla entre sus brazos…

Miró la Luna por el último resquicio de la puerta y se dirigió a la enfermería… más contento que nunca en los últimos meses.

En medio de la tormenta

Caminaban penosamente, un día más, tratando de alcanzar por fin el puesto fronterizo, un refugio entre las montañas que servía para vigilar el paso entre los dos reinos. El emplazamiento era secreto, pero el príncipe conocía su ubicación; después de todo era el hijo del general.

El día amaneció triste, y la situación no invitaba al optimismo, 4 días de camino tomando las máximas precauciones, en medio de territorio enemigo y sin prácticamente descansar habían dejado su moral por los suelos.

Cada uno tenía su motivo para continuar, el que hacía que la mente no desfalleciera, aunque el cuerpo estuviera completamente exhausto y dolorido . La rabia, la ira y la sed de venganza eran la de dos de los compañeros, mientras que el otro luchaba por volver a ver a su familia; y al parecer todas eran igual de efectivas…

Una ligera lluvia empezó a caer, mientras las oscuras nubes, que presagiaban una gran tormenta, se arremolinaban justo en la dirección a la que se dirigían.

-Al menos no tendremos que tapar nuestras huellas.- Ninguno de los otros dos respondió.

Se acercaban a una gran llanura que precedía la montaña donde se encontraba el puesto, debían tomar una decisión: cruzar la llanura aprovechando la noche o buscar un refugio y tener que cruzarla de día.

Ambas posibilidades presentaban un serio riesgo; si decidían cruzar en ese momento podían verse sorprendidos por la tormenta, en medio de una llanura sin apenas cobertura y sin la guía de las estrellas. Por otro lado, quedarse donde estaban implicaba pasar una noche más en aquella tierra, teniendo que buscar refugio y arriesgarse a cruzar la llanura durante el día…

– Señor, ha de tomar una decisión.

– Confío en ti, Vardamir, ¿qué recomiendas?

– Mi señor, soy incapaz de decidir cuál es la mejor opción, pero creo que si partimos ahora, podemos llegar al paso antes de que amanezca, y no he visto ningún refugio cerca… – El corazón le decía que siguieran adelante, pero no podía explicárselo así a su comandante. Además, tenía la certeza de que les seguían…

– Estoy de acuerdo con él. – Era la primera vez que el primo del príncipe decía algo a su favor. En las últimas horas, a consecuencia del cansancio, había perdido la arrogancia. Al parecer, los tres compañeros se estaban empezando a ver como personas que perseguían distintos sueños, pero todos igual de importantes.

Reanudaron su marcha, con los ojos puestos en el camino, y la mente perdida, muy lejos de allí. Cada vez llovía más…

Calculaba que ya habían recorrido la mitad del camino, y para entonces la lluvia se había convertido en un manto que les impedía ver y oír. Ahora estaba mucho más seguro de que estaban en peligro…


Ya estaban al límite de sus fuerzas, y comenzaban a estar al límite de la cordura. Divisaron una extraña luz a unos metros de distancia, el primo del rey corrió hacia ella, gritando algo ininteligible.


-¡No! – El príncipe le tapó la boca.

-Ha perdido la cabeza, no nos delates.

Era una trampa, en cuanto llegó al foco de luz tres flechas impactaron en su cuerpo, un oportuno relámpago iluminó el momento en el que caía inerte al suelo.

Tenían poco tiempo… y tenían que pensar algo. El enemigo les había encontrado, todavía les quedaba un largo trecho hasta el paso, la única referencia que tenían era aquella maldita luz, y, para colmo, el enemigo sabía con cierta precisión dónde estaban.

Estaban condenados, solo podían resignarse a esperar a que les alcanzaran, y que, al menos, les dieran un combate digno… No… eso no sucedería, iban a morir ahí, en aquella yerma llanura, bajo aquel aguacero, lejos de su hogar, lejos de su familia… lejos de ella. Ya no volvería a besarla nunca más. No volvería a tenerla entre sus brazos.

Miró al príncipe, su cara era el impávido reflejo de quien sabe que va a morir y no puede hacer nada para evitarlo. Habían llegado a la misma conclusión. Se preguntaron qué habría pasado si no se hubieran adentrado en la llanura… pero ya nada importaba…

Su instinto le avisó una vez más… ¡No puede ser! ¡Estaba delirando! Decidió arriesgarse, ¿qué podía perder?

Metió los dedos en su boca y los hizo sonar como había hecho tantas veces… Nada ocurrió.

-¡Maldita sea! Estaba seguro de que lo había oído… – La pena volvió a invadirle… pero volvió a oír ese sonido… y volvió a silbar. Un segundo después, un majestuoso caballo se alzaba ante ellos… No podía creer su suerte… pero… ¿dónde estaba su hijo?

Sin pensarlo, levantó al príncipe y ambos subieron al caballo, alejándose rápidamente de la luz. Le pareció ver cómo una flecha pasaba cerca de ellos, y después sintió un profundo dolor en una pierna… Le habían alcanzado, pero ya no importaba. Era un rayo más en aquella tormenta que se dirigía a su objetivo.

Al parecer, siempre se puede salir de una tormenta si se tiene la perseverancia de silbar varias veces…

Luz de luna

¡Por fin volvían! Sabía que estaba en las mejores manos, pero todo padre siempre se preocupa por sus hijos. A pesar de no dudar ni un instante del Gran Capitán de los Lobos, sintió alivio al ver el estandarte de la partida de caza ondeando al viento, a lo lejos.

– El Viejo siempre se las apaña para venir a la hora de cenar, ¿eh? ¡Mira qué contento viene el niño!

La voz venía de la cocina, acompañada del familiar olor de la sopa de cebolla. Se giró y miró a su mujer, embarazada por segunda vez, como si fuera el primer día. Un momento mágico bajo la luz de aquella luminosa Luna de verano, hacía tantos años.

– Las cosas buenas nunca cambian. – Dijo mientras se acercaba y la besaba con ternura en la frente.


 Se sintió el hombre más afortunado del mundo: era un orgulloso Lobo de la aldea, su padre era el mismísimo Gran Capitán, al que todos llamaban Viejo cariñosamente; seguía enamorado hasta el tuétano de los huesos de su esposa, con la que cada noche paseaba a la luz de la Luna. Habían sido bendecidos con un hijo, y ahora esperaban otro antes de que acabara el invierno. Nada podía fallar… la vida era maravillosa.

Los Lobos habían llegado, los cocineros se apresuraban a recoger la caza, había que darse prisa, la fiesta era al día siguiente y todavía debían preparar la carne.

Todos los años en la aldea se hacía una fiesta para despedir el otoño. Acababa la última temporada de caza del año; ya que en invierno se hacía peligroso salir lejos, pues los lobos eran muy peligrosos. Nadie dudaba del valor y la capacidad de las partidas, pero era un riesgo que no hacía falta asumir, ya que podían alimentarse de la ganadería.

Cenaron a la luz de las estrellas, la sopa y la carne sabían especialmente bien aquella noche; no se podía ser más feliz, nada podía arrancarle esa dicha… Era correspondido por la mujer a la que siempre había amado, era su cómplice, su amiga y su amante… era una parte de él mismo. Tenía éxito profesional, estaba llamado a ser el heredero del Viejo como capitán de los Lobos, y también era querido y respetado por toda la aldea… y por el lugarteniente del rey, que pronto, quizás, fuera su propio padre.

De repente, notó algo raro en el ambiente… no habría sabido explicarlo nunca, pero un Lobo sabe cuándo algo no va bien…

Reaccionó demasiado tarde… demasiado tarde para salvarla, aunque no demasiado tarde para ver el último aliento de vida de aquella mujer, pronunciando su nombre, mientras la punta ensangrentada de una flecha traspasaba su cabeza.

Sintió cómo la misma flecha traspasaba su corazón, sin tocarlo, consumiendo su alma… debía reaccionar, debía salvar a su primogénito. Rápidamente, a la vez que intentaba recordar dónde estaba su arco, saltó con el fin de tirar al niño al suelo. «Debo salvarlo». «Mi princesa…». «¿Dónde está mi arco?». Su cerebro no paraba de confundirle… «¡Padre!». «¡Mi hijo!». «¿Quién?». «¿Por qué?».

Cayó al suelo, cubriendo con su cuerpo a su pequeño hijo. Una mano lo agarró por detrás y empezó a zarandearlo, gritando palabras que no era capaz de entender al principio, pero que iban siendo más claras cada vez…

– ¡Despierta de una vez, viejo, es tu turno de guardia!

Tardó unos instantes en reconocer ese rostro a contraluz, y un poco más en entender qué había pasado y dónde estaba. Cuando lo hizo, no pudo sentir otra cosa que no fuera un grandísimo alivio. ¡Todo había sido una pesadilla! Recordaba perfectamente el día del sueño; tras la tranquila cena, habían acostado al niño y se habían ido a pasear como acostumbraban bajo la tenue luz de la Luna creciente.

– ¡Vamos, mueve el culo y quita esa sonrisa de estúpido de tu cara!

El alivio duró poco, estaba en grandes problemas. Formaba parte de una partida de expedición en tierras enemigas, en la guerra del sur. Mientras estaban fuera, el campamento base había sido arrasado por el enemigo, y solo pudieron verlo de lejos por temor a acercarse y caer en una trampa. De eso hacía tres días, tres días sin apenas descanso en los que intentaban desesperadamente volver a casa, al reino.  El mismísimo príncipe estaba con él, y a ambos les acompañaba el sobrino del rey, que carecía de modales por completo. A pesar de cómo le trataba, debía reconocer que era valiente en el combate; más valía tenerle cerca en el campo de batalla… pero solo en el campo de batalla.

Llevaba un año de servicio militar, pues debía cumplirlo como miembro y capitán de los Lobos. Afortunadamente el Viejo consiguió convencer al rey de dejar una pequeña cantidad de Lobos en la aldea, para garantizar que no hubiera problemas de comida… teóricamente. Su hijo fue afortunado, pero él partió a la guerra.

Su agotamiento solo era comparable a las ganas que tenía de volver a casa, de ver a sus hijos… pero sobre todo, de volver a estrecharla entre sus brazos. Todas las noches se quedaba mirando la Luna, como así hacía ella, bañado por su luz y recordando todos y cada uno de los hermosos momentos que habían vivido juntos. Todas las noches también se maldecía, pues acababa derrotado por el cansancio, y muy pocas veces llegaba a ver la Luna durante toda la noche. Era su momento de paz, de evasión de aquella cruda realidad, su momento de soñar que algún día volvería a besarla, como así había querido que fuese siempre.

Aquella noche se había quedado dormido como tantas otras noches bajo la luz del astro. Era su turno de guardia, tenía que hacer el último esfuerzo por llegar sano y salvo…

Después de todo, seguía casado con aquella mujer… casado con la Luna.