El pequeño cazador

A medida que el carromato se perdía de vista por el casi imperceptible camino, en la aldea se hacía cada vez más latente una sensación de impotencia, desesperación e incertidumbre. Todos los habitantes volvían a sus casas con las miradas tan vacías como las mentes. Nadie quedó fuera de su hogar, y cada uno afrontaba la situación como podía, aunque sin saber muy bien qué hacer.
En una de las construcciones, un niño permanecía de pie junto a la ventana. La expresión era absurda, casi cómica; observaba el lugar donde minutos antes la niña había sido atacada sin hacer ningún gesto más. Su boca se abría y cerraba de manera incontrolable y las pupilas describían minúsculos círculos. Su madre le observaba sin poder hacer nada, de rodillas,  mientras sus preciosos ojos se llenaban de destellos por doquier.
El sol todavía iluminaba con fuerza el paisaje. Aunque la tarde ya estaba entrada, aún proporcionaba una agradable sensación de calor. El pequeño Vardamir se dio por fin la vuelta, besó a su madre y se quedó abrazado a ella llorando hasta que le abandonaron las fuerzas y se sumió en un profundo sueño. Su madre le llevó en brazos hasta la cama y le arropó, para pasar a ser ella quien ocupara el puesto junto a la ventana.
Observaba inmóvil el lugar del ataque, deseando con todas sus fuerzas que la niña se recuperase, aunque algo le decía que todo aquello traería graves consecuencias. Fuera todo parecía haber perdido color, el silencio era insoportable.

Mahtan observaba la escena desde la distancia, junto a su compañera de travesuras. Nadie parecía haber reparado en los pequeños, que habían estado jugando en los alrededores de la aldea en el momento del ataque. Los niños de su edad podían alejarse en sus juegos unos metros de la aldea, mientras que los pequeños, como su hermano debían permanecer dentro de la empalizada.

Mahtan sabía que no debía retrasarse, pero la idea de seguir al carro sin que nadie le viera le atraía demasiado.

– Debemos volver, Mahtan; seguro que nos están buscando.

– Nunca he ido por ese camino… ¿a dónde llevará? ¿Por qué va tanta gente?

– Mahtan… – La niña se encontraba visiblemente asustada.

– ¡Vamos a seguirlos!

– ¡Debemos volver! – Las lágrimas se escapaban de los dominios de sus hermosos ojos verdes.

– Pero… – Mahtan no podía mirar a la niña, su mente estaba puesta en el carromato que ya se encontraba a una distancia considerable. – Te acompañaré a la aldea y volveré.

Los niños llegaron en pocos minutos a la aldea, se despidieron y Mahtan echó a correr en la dirección contraria, volviendo al punto donde vieron el carro por última vez.

No parecía difícil seguir las huellas, así que se llenó de valor y siguió corriendo durante un rato mientras la fuerza del sol iba perdiendo intensidad.

El carro se movía despacio, pues el camino era muy irregular y la niña no debía estar sometida a demasiado movimiento. La curandera cubría sus heridas con trapos untados en ungüentos curativos, mientras el Viejo la observaba con un gesto ensombrecido.

Ya no había rastro del sol cuando divisaron la cabaña como un pequeño punto sobre una colina, hacia el norte. La respiración de la niña era débil pero estable, y el semblante del Viejo se relajó ligeramente. El niño les seguía a unos cuatrocientos metros de distancia. Exhausto tras la caminata, tenía que hacer acopio de todas sus fuerzas para llegar al menos al carruaje, pues ya no tenía posibilidad de volver a casa.

La comitiva se situó frente a la cabaña que parecía vacía, como abandonada, y el Viejo llamaba a voces a alguien que no respondía… o no estaba en casa. Se bajó del carromato dispuesto a llamar a la puerta. Una noche sin luna llenaba el lugar de calma.
Mahtan a penas podía distinguir ya nada en la oscuridad, y se desplazaba muy despacio intentando averiguar la dirección de las huellas, estaba increíblemente cansado y empezaba a desesperarse.

Una mano tapó su boca y otra le inmovilizó…

Obstáculos

Desesperado, intentó luchar por salir de aquellas arenas movedizas. Las armas pesaban tanto que apenas podía moverlas, haciendo un gran esfuerzo con el hombro herido, que sangraba a borbotones.

El humo negro del último enemigo se revolvía sobre su cabeza, oscureciendo aún más la escena. Finalmente y sin resuello se resignó a esperar el final, mientras las armas le empujaban más y más hacia abajo. La temperatura helada de la tierra le congelaba hasta los huesos, apenas sentía ya las articulaciones cuando tomó la última bocanada de aire antes de sumergirse casi de lleno en el fango.
Su pelo se cubrió finalmente de lodo cuando en su cabeza solo contemplaba el pensamiento de que había sido derrotado, ni si quiera se planteó la idea de por qué no había tomado el otro camino, más fácil. Sabía que ese era el camino difícil, y, aún así lo había tomado sin saber exactamente por qué…
Justo antes de desfallecer, notó cómo poco a poco iba recuperando la sensibilidad en todo el cuerpo, cómo el frío desaparecía de sus huesos y cómo la presión en el pecho por la falta de oxígeno se aliviaba al sacar de nuevo la cabeza y tomar una intensa bocanada de vida. La tierra que poco a poco le había ido empujando hacia abajo, comenzaba a elevarle dulcemente, a la vez que las armas se hacían livianas en sus manos. 
Mientras se recuperaba se dio cuenta de que el sol volvía a brillar, la tierra ya no era fangosa; el frío, que antes había paralizado todas sus articulaciones, se había transformado en una agradable temperatura y una sensación de bienestar. Se encontraba envuelto en una esfera etérea, casi transparente, aunque de una tonalidad verdosa en cuyo centro había una figura de apariencia humana. El cuerpo era claramente de mujer, y una larga capucha cubría sus facciones hasta la boca. Por la cara se deslizaban preciosos mechones negros que describían bucles imposibles reflejando el brillo del sol, que solo brillaba dentro de la esfera.
Tardó unos instantes en apartar su mirada de la figura, que vestía una túnica blanca inmaculada con ribetes color esmeralda. Se dio cuenta de que dentro de la esfera todo era idílico, agradable, incluso él mismo no habría podido imaginar una sensación mayor de bienestar. Sin embargo, fuera nada había cambiado, todo estaba cubierto por una tenue oscuridad, el suelo seguía yermo y lleno de rocas. Los árboles, grises, parecían pedir a gritos ser bañados por la luz del sol.
Sacó la mano del escudo fuera de la esfera y tuvo que meterla de nuevo de inmediato, ya que se volvía tan pesado que a punto estuvo de dislocarle el hombro… El hombro. Se llevó la mano al hombro herido para comprobar que ya no quedaba nada de la lesión, tan solo un agujero en la ropa. 
Miró a la mujer, pero, antes de que pudiera articular palabra, ésta se llevó un dedo a los labios indicándole que guardara silencio… Tras unos instantes, dijo:
– Todo esto es lo que tú has creado, todo está en tu mente.
– ¿En mi mente?
– Sí, al igual que todas las respuestas a las preguntas que ahora mismo te estás haciendo.
– ¿Por qué tomé este camino en lugar del otro?
La imagen de la mujer se iba tornando borrosa poco a poco.
– Tú mismo sabes por qué… quizás te ayude preguntarte mejor qué quieres encontrar. Los caminos se toman para encontrar algo al final.
– No sé qué quiero encontrar.
– ¿Estás seguro? – La voz se hacía más y más tenue a medida que la figura desaparecía poco a poco.
– ¡Espera! ¡No te vayas! – La silueta era ya casi imperceptible… Mahtan intentó coger su mano, pero ésta se convirtió en humo verde, que iba consumiendo el resto del cuerpo. – ¡A ti! ¡Te busco a ti! ¡Busco esta sensación de bienestar! – La boca de la mujer esbozó una pequeña sonrisa antes de ser consumida por el humo.
Volvía al punto inicial, antes de ser tragado por la tierra… Sin más opción, siguió caminando. La historia siempre se repetía: empezaba a caminar, cada vez todo se hacía más lento y pesado; el camino se tornaba más y más difícil. Siempre estaba a punto de morir por las heridas de una de las criaturas a las que se enfrentaba, o de nuevo tragado por el fango, o, incluso, en trampas naturales que le partían las piernas… Pero siempre, en el último instante, la mujer volvía junto con su esfera de tranquilidad y le salvaba de la muerte. Le repetía que todo estaba en su mente, y todo volvía a empezar.
Antes de retomar el camino una de tantas veces, se dio cuenta de verdad de que todo ese sufrimiento estaba en su mente; hizo acopio de fuerza de voluntad para intentar superarlo. Comprendió que eran sensaciones de su vida que no había terminado de asimilar, aunque manifestados en ese extraño universo. Entendió la frustración que le causaba el no poder manejar las armas; también el hecho de que no podía deshacerse de los problemas simplemente soltándolos, ya que volverían a él como hacía la pesada espada. Aquello con lo que se enfrentaba a sus enemigos le hacía torpe y lento, y le encaminaba una y otra vez al sufrimiento.
A medida que aclaraba sus pensamientos, la escena dejaba de repetirse. El camino ya nunca más se hizo pesado, la espada volvía a ser liviana y manejable y el escudo, fiable. La silueta dejó de aparecer, pues ya no la necesitaba para salvar la situación.
Por fin llegó al final del recorrido. 
Se encontraba en el borde de un acantilado. El cielo era de un color azul intenso, con blancas nubes que parecían dibujar figuras en el aire. El suelo estaba cubierto de hierba y flores preciosas y la fresca brisa marina secaba su sudor y le proporcionaba una agradable sensación.
Sobre una piedra se encontraba la figura, esta vez totalmente corpórea:
– Aquí estás, has superado las dificultades que tú mismo te ponías sin saberlo. Así debe ser. Cada vez que te obsesionas por encontrarla pones un obstáculo en el camino. Ese camino es sencillo si tienes paciencia, solo tú te pones las trabas Mahtan. Recuerda, todo llega a su debido tiempo. No lo olvides.
Se levantó poco a poco la capucha para desvelar lo que Mahtan ya sabía: esos ojos eran inconfundibles.

El camino difícil

Se encontraba en medio de un cruce de caminos, el sol ardía en el cielo, iluminando todo el paisaje. La zona quedaba envuelta entre altas montañas escarpadas, con algunos pequeños árboles ubicados sin ningún tipo de orden. Su mano derecha sujetaba firmemente una espada larga, de un material que no supo distinguir, aunque sí que notó que era muy ligero. La hoja escupía el reflejo del sol, que a su vez rebotaba contra el metal del escudo que sujetaba con su mano izquierda. Éste era de madera maciza, recubierta con una protección de acero.

Una sombra en el suelo le alertó, con el tiempo justo para girar y golpear con el escudo a un ser que atacaba desde el aire. El golpe aturdió por unos instantes a la criatura, lo que dio tiempo a Mahtan para recuperarse y adoptar una posición ofensiva.

El atacante volvía a incorporarse, tenía las alas grandes, cubiertas de plumas negras y tres garras en la punta, haciendo eje con el torso. Las patas posteriores tenían cierta similitud con las de un lagarto, pero eran más fibrosas y con uñas afiladas. La cabeza era totalmente calva, y la mandíbula albergaba un hocico cubierto de dientes afilados como cuchillas.

La bestia cargó y Mahtan esquivó el golpe con un ágil movimiento lateral, pero la espada, en un gesto involuntario, guió el brazo del Lobo hasta la cabeza del ser, golpeándola con la empuñadura y tirándola al suelo. El escudo se movió también solo, aplastando el cuello del animal contra el suelo, destrozando los huesos y dejándolo moribundo. El soldado acabó con la agonía. La espada tenía un tenue resplandor verde.

Al recuperar la espada, no había ni rastro de sangre y los restos de la criatura comenzaron a arder, convirtiéndose rápidamente en un intenso humo negro. Finalmente se consumieron.

Mahtan miró al frente, los dos caminos guardaban muchas diferencias entre sí: Uno era muy llano, una leve bajada con un suelo de tierra, plano y sin vegetación. Carecía casi por completo de rocas y obstáculos, y a lo lejos podía distinguirse el brillo de una fuente natural. Había algo que lo hacía extremadamente hipnótico, casi ilusorio.

Formando ángulo con éste se presentaba la otra posibilidad. Un camino tortuoso, lleno de subidas y bajadas, de un terreno plagado de piedras, y maleza. Intentar adivinar qué había más allá se antojaba muy complicado, pues la maleza, los árboles desnudos y las rocas hacían difícil seguir la senda con la mirada. Si Mahtan se decidía por ese camino, sabía que iba a tener que pelear.

Volvió la vista hacia la primera opción. Parecía realmente cómodo. Giró de nuevo, por el cielo volaban criaturas como la que acababa de ver… Dio un paso hacia el camino fácil… pero justo antes de apartar su mirada, algo le hizo vacilar; un destello verde como el de la espada se distinguía al fondo.

Se decidió definitivamente por el camino difícil.

Llevaba muy poco caminado cuando notó cómo decenas de guijarros se le clavaban a cada paso; el terreno estaba fangoso, y el barro se adhería a sus botas, haciéndolas pesadas y dificultando el paso.

Varios enemigos voladores intentaron derribarle, pero la espada volvía a lucir y a dirigir su brazo, causando impactos certeros y fatales para los enemigos. Así siguió durante largo rato. Casi exhausto se decidió a parar unos segundos. Miró hacia atrás y vio con gran decepción lo poco que había avanzado. Notó que la oscuridad se cernía poco a poco sobre él, y miró hacia el cénit intentando encontrar la esfera solar. Allí la encontró, aunque lejos de su habitual resplandor, solo proyectaba una tenue luz, que iba siendo absorbida poco a poco por las sombras.

Sus pies se hundían más y más a cada paso, y cada vez que desencajar uno del barro para seguir avanzando  resultaba un esfuerzo aterrador. Finalmente quedó hundido hasta las rodillas. Mientras recuperaba el resuello otra criatura le atacó, y, sin la posibilidad de encararse, ésta le hirió en un hombro, haciéndole soltar el escudo, que mágicamente volvió a su mano izquierda. Las armas eran cada vez más pesadas y ya no bailaban solas hacia el enemigo, que se preparaba para atacar una vez más.

En el último instante consiguió cubrir su cuerpo con el escudo para detener la embestida. Sus últimas energías se invirtieron en lanzar una última estocada contra el atacante, que estalló con la cabeza partida en dos.

Mahtan no podía sujetar las armas más tiempo, se habían vuelto extremadamente pesadas, y cada vez se hundía más en el fango… Intentó soltarlas, pero estas volvieron a su mano.

Sin fuerzas, se resignó a esperar al final… el escudo arrastraba su brazo izquierdo hacia el fondo, secundado por la espada….

Una escalera

El sol se desangraba lentamente contra una montaña, al oeste, tiñendo de rojo una parte del horizonte que poco a poco iba siendo invadido por un ejército de estrellas que reclamaban su turno.

Dos sombras completamente estiradas se proyectaban en el suelo, mirándose una a la otra.

– Sabía que volverías…
– He comprendido que mi sitio está aquí.

La mujer se dejó caer sobre las rodillas, incapaz de contener la emoción. El fruto de sus sentimientos se deslizaba fugazmente por las mejillas, cayendo rápidamente al suelo.

Mahtan se apresuró a abrazar a su madre, la besó tiernamente en la frente y volvió a abrazarla. Más lágrimas  de felicidad brotaron de los bellos ojos de la mujer, que correspondió a su hijo abrazóndole con todas sus fuerzas.

– Siento haberme ido, sé que lo has pasado mal por todos nosotros, pero tenía que entender… tenía que comprender… – Mahtan hizo una pausa.- Tenía que equivocarme.

-Ya lo sé, hijo mío. Lo importante es que estás aquí, y eso me llena de felicidad… pero, ¿qué pasa con tu sueño?

– Esmeralda puede esperar, mi sitio está aquí, tengo que ayudarte a ti y a la aldea, todos confían en mí. Esta escalera se sube poco a poco.

– ¿Escalera? – La mujer centró sus brillantes ojos en los de su hijo, sin entender muy bien a qué se refería.

– En mis largas travesías tuve mucho tiempo para pensar,  entendí que cada uno tiene su lugar, su función, y que todo lo que tenga que ocurrir ocurrirá a su debido tiempo. Nada funciona bien si lo fuerzas. – Mahtan ayudó a su madre a levantarse, incorporándose a la vez con ella. – Ahora entiendo la vida como una escalera. Cada decisión que tomamos nos lleva a subir un escalón, a partir de ahí, tenemos dos opciones: seguir subiend, o volver al escalón anterior si nos hemos equivocado. A veces cometemos el error de subir los escalones demasiado deprisa, y éstos desaparecen, esfumándose; de tal forma que para volver al punto donde estábamos antes hay que dar un salto muy grande, y podemos caernos de la escalera.
Por eso vuelvo a este escalón, y cumpliré mi deber hasta que llegue el momento.

– Mahtan…

– Vamos a casa, madre. Los dos nos merecemos un descanso.

Cuando entraron en la casa, la Luna reinaba en el cielo, extendiendo su manto por todo el firmamento y borrando todo rastro del sol, que había, por fin, llegado al final de su camino.

El reparto se hizo de noche, bajo la luz de las antorchas. Mahtan y su madre tomaban un cuenco de sopa de cebolla y unos trozos de pan de cereales cuando uno de los Lobos llamó a la puerta. El joven se levantó de la silla y abrió la puerta con parsimonia.

– Sé que es un poco tarde, pero aquí os traigo la parte del reparto correspondiente a los Vardamir.

– Muchas gracias, hermano.

La mujer apareció tras la puerta. – Parece mucha carne, habéis tenido una buena caza.

– Sí, señora, estamos muy contentos.

Mahtan miró a su madre, cuyos ojos expresaban toda la pena que sentía, y entendió al instante lo que debía hacer.

– Creo que podemos arreglárnoslas con la mitad de carne… a fin de cuentas solo estamos dos… Y aquí hay carne para cuatro personas. – El Lobo no supo qué decir. Mahtan lo cogió del hombro. – Muchas gracias, nos quedaremos con la mitad. Por favor, reparte el resto entre las familias más necesitadas, seguro que lo agradecerán más que nosotros.

– Sí, señor. Mm… me… me alegro de que esté de vuelta, capitán.

– Yo también.

Despidió al cazador y cerró la puerta. Madre e hijo colocaron la carne en la despensa, y charlaron un rato más frente a una taza de té.

– Creo que hoy padre entendería que no salieras a pasear.

– Claro que lo entendería, pero de todas formas lo haré.

– ¿Quieres que te acompañe?

– Prefiero ir sola, además, debes descansar, mañana te espera un largo día, todo el mundo te requerirá para algo, seguro.

– Adoro la rutina…

La mujer sonrió, besó a su hijo en la frente y salió por la puerta, con la única compañía de la Luna y sus secuaces que guardaban fervientemente el firmamento en aquella noche despejada.

Mahtan se durmió con el último pensamiento de volver al escalón que nunca debió subir…

Una cara conocida

– ¡Mahtan Vardamir! ¡Mahtan Vardamir! ¡Mahtan Vardamir! – La voz sonaba familiar, y durante unos instantes, retumbó contra las paredes de la vieja torre derruída.

Antes de ser plenamente consciente de la situación, Mahtan desenfundó la espada, dejando caer la pequeña figura de madera y preparándose para enfrentarse al enemigo. Fue un acto instintivo, tanto que, aún con los ojos casi cerrados, lanzó una estocada que el rival pudo esquivar, no sin dificultad.

– ¡Por todos los dioses! ¿Es que no me reconoces?

Mahtan despertó por fin, todo había sucedido muy deprisa, y su cabeza tenía toda la información desordenada. Tardó unos instantes en poder ordenarla por completo.

La persona que le había despertado era un Lobo de la aldea, un explorador encargado de adelantarse para rodear a las presas, había estado durmiendo, y tenía el cuerpo entumecido y congelado. La ropa se le había mojado, todo el suelo del vivac estaba empapado debido a que la tierra no pudo absorber toda el agua caída en la tormenta, y tenía dos serias picaduras en los labios, justo donde los colmillos de la extraña mujer se le habían clavado.

-P…Perdona, ha sido una reacción instintiva, afortunadamente estaba tan dormido que apenas pude levantar la espada…

-Es peligroso dormir en estas tierras, hemos encontrado varios lobos en los alrededores. ¡Ven aquí, dame un abrazo!

Los dos Lobos se abrazaron como dos hermanos que no se ven desde hace mucho tiempo. Tras ello, Mahtan recogió el vivac, las armas y la bolsa de la comida, ya casi vacía.

El sol trataba de asomar con un reflejo que intentaba ser rojo por encima de las montañas, al este; pero por mucho que lo intentara, no podía competir contra las densas nubes tormentosas que teñían todo con tonos grises; a pesar de todo, el amanecer fue bienvenido y los dos compañeros se pusieron en marcha.

– Nos dirigimos al norte, he conseguido rodear un grupo de cinco venados que se han separado de la manada principal, espero que a medio día podamos atraparlos contra el grupo principal.

-¿Cuántos días lleváis de caza? – Mahtan solo quería regresar cuanto antes, así que hizo la pregunta deseando que el cazador respondiera con un número grande.

-Cinco, a medio día deberíamos regresar, la aldea ya nos estará echando de menos… Tenemos dos días y medio de camino, aunque entendería que quisieras adelantarte…

-No es necesario, al fin y al cabo, sigo siendo uno de vosotros.

-El más importante, capitán.

Al filo del medio día, Mahtan divisó el estandarte del carro, a lo lejos; y a medio camino, el pequeño grupo de animales. El plan había resultado. El cazador consiguió herir a uno de ellos en el muslo, lo que hizo que todos salieran dispersados en dirección contraria, cayendo en la trampa. Mahtan abatió a la bestia herida de un certero disparo, y el resto murió al acercarse al grupo de Lobos.

-¡Con estos cinco y las otras diez piezas que llevamos serán suficientes para unos días!

El sol había conseguido impregnar de color los verdes campos, ya que la tormenta se había convertido ya en una pequeña llovizna, haciendo menos densas las oscuras nubes que habían privado a Mahtan de su luz durante los últimos días.

El camino de vuelta fue tranquilo, a excepción de dos ataques de lobos justo al anochecer, uno cada día. Sin embargo, los Lobos pudieron repelerlos sin problemas. Era agradable para los cazadores tener a Mahtan de nuevo con ellos, su sola presencia les subía la moral y les inspiraba valor y entusiasmo. Para Mahtan también fue bueno que lo encontraran, se había quedado prácticamente sin comida y así podía disfrutar de la compañía de sus hermanos Lobos, recuperando su confianza y conociendo las últimas noticias de la aldea.

Al anochecer del segundo día llegaron a la aldea. Todo estaba dispuesto para el reparto, y una figura femenina aguardaba la primera tras la pobre empalizada.

– Sabía que vendrías…

Unos labios peligrosos

Dudó, intentó mirar de nuevo hacia la luz, pero aquellos zafiros le parecieron lo más bonito que había visto en su vida, le tenían atrapado como una red… una red de la que no podía escapar.

Los labios, de aspecto dulce y carnoso, comenzaron a abrirse, dejando ver una preciosa sonrisa. Durante un instante, notó algo raro en los dientes, pero no tuvo tiempo de fijarse mejor, aquellos ojos azules le llamaban de una manera irresistible. La Princesa Esmeralda era un vago recuerdo en su mente, un halo azul se hacía con el control de todos sus pensamientos, de todos sus sentimientos.

Un ápice de cordura, que duró una milésima de segundo, le dio una idea: tenía que cerrar los ojos, así se libraría de aquél imán que lo atraía inexorablemente… aunque ya no estaba tan seguro de si se quería apartar…

Tomó la decisión, puso sus manos sobre la cintura de aquella extraña mujer, y juntó sus labios con los de ella, que parecían estar esperándole más tiempo del que jamás imaginó.

El beso le pareció frío, casi helado, sintió como su boca se congelaba, sus labios, su cara, su cabeza, su cuello, los hombros… poco a poco iba sintiendo como el frío helaba la sangre de sus venas. Un agradable calor invadió su boca, seguido de dos intensas punzadas de dolor. Dos afilados colmillos hendían la carne de sus labios, liberando un pequeño y cálido reguero carmesí. No podía separarse. Los preciosos ojos azules se transformaron en dos afilados zafiros que se le clavaron en los suyos, haciéndole sentir un dolor inimaginable y dejándole completamente ciego para siempre. Sin tiempo para reaccionar, un puñal se le clavó en el estómago, haciendo fluir de nuevo más sangre de su cuerpo.

Quedó de rodillas, con la cabeza apoyada en la fría torre, la chica había desaparecido. Sus manos intentaban tapar sin éxito la hemorragia, estaba congelado y empapado… iba a morir ahí, solo, desangrado y ciego…

– Mahtan Vardamir. – Fue lo último que consiguió oir…

La torre

Se encontraba en medio de ninguna parte, con todo cubierto bajo una espesa niebla.  Era consciente de que estaba dormido, de que todo era un sueño.

Por fin salía de una ciudad fantasma, por donde llevaba mucho tiempo caminando. Cada vez se alejaba más de esa ciudad, de altos edificios abandonados. Por encima de todos destacaba la torre del templo; una estructura que en algún momento fue majestuosa, pero que ahora se encontraba prácticamente derruida, y en la que la parte superior carecía de tres de las cuatro paredes. Esto hizo que, en algún momento, el tejado cayera sobre el suelo de la última planta.
A lo largo de la torre había agujeros, que dejaban al descubierto la larga escalera que subía hasta la parte más alta, donde, en otros tiempos, alguien hacía sonar el cuerno para convocar a la gente a la oración.
Se detuvo un instante. Su camino había sido, desde hacía horas, hacia fuera de aquella ciudad. Sin embargo, se giró para contemplar la torre. Se quedó de pie, donde estaba, mirándola detenidamente, intentando concentrarse en todos y cada uno de aquellos agujeros, mientras sentía en su espalda las ganas de girarse y seguir caminando, alejándose de allí. 
Cuando se sintió satisfecho con el análisis de la torre, giró sobre sus pies para continuar su camino mientras una amplia sonrisa se dibujaba en su rostro. No supo por qué, pero se obligó a echar un último vistazo atrás, a aquella ciudad de la que quería escapar, pero por la que llevaba caminando tanto tiempo. Una silueta femenina apareció junto a la última casa de la ciudad.
Se quedó de espaldas a la silueta unos instantes… ¿Quién era? ¿Cuánto tiempo llevaba ahí? ¿Vivía en la ciudad? ¿Por qué solo había aparecido cuando se iba?
Mahtan soltó un grito, presa de la desesperación.
– Solo es un sueño, estoy dormido, me encuentro de camino a la aldea, pronto llegaré… ¿Qué significa todo esto? – A pesar de ser consciente de la situación, sentía una tremenda curiosidad por acercarse a la figura, que parecía esperarle, paciente, con la cabeza cubierta completamente bajo una capucha negra.
– Supongo que no pierdo nada por echar un vistazo…- Se dijo mientras se daba la vuelta hacia la mujer.
Comenzó a deshacer sus últimos pasos, muy torpemente al principio, pero cada vez con más confianza. De vez en cuando no podía evitar mirar hacia atrás, hacia la luz, hacia el camino que le esperaba fuera de aquella ciudad, donde había deambulado sin rumbo tanto tiempo. Uno de las fugaces miradas atrás le hizo trastabillar y estar a punto de caer, pero consiguió evitar la caída y empezar a correr hacia la chica.
Cuando se halló delante de ella, dudó un instante, sabía que era un sueño, que quizás tuviera algún significado… Quizás debía alejarse de aquella extraña mujer que le aguardaba, con el rostro oculto bajo el terciopelo azabache… Se dijo a sí mismo que quería creer, quería creer que aquel sueño se cumpliría, que descubriría bajo la capucha los ojos verdes que llevaba buscando toda la vida…
Se quedó delante de ella, nervioso, y sus manos retiraron la capucha…
Una cara desconocida le clavó sus dos preciosos zafiros. Mahtan se sorprendió, pero no pudo dejar de mirar aquellos maravillosos ojos azules… La chica sonrió…

Siempre sale el Sol

Un destello, seguido de un ruidoso trueno le despertó.
El sol no era más que un pequeño haz luminoso que intentaba traspasar una enredada maraña de nubes tormentosas.

Mahtan maldijo ruidosamente. La tormenta alejaría la caza y le impediría caminar durante todo el día. Su capa estaba empapada, pues se había quedado fuera del vivac, y sería imposible encender un fuego, todas las ramas que había reunido estaban totalmente mojadas.

Miró en derredor, la tormenta abarcaba todo lo que la vista alcanzaba. Sería difícil moverse durante todo el día… Estaba a varios días de camino de la aldea, y cuando llegase no tendría mucho tiempo para recuperarse de las heridas y el cansancio; así que decidió no arriesgarse a enfermar y se quedó bajo el vivac durante casi todo el día, tallando.

Pensó en acercarse al río, y darse un baño, pero se dio cuenta de que la tromba de agua que caía había agitado las aguas, que hicieron moverse todo el lecho, logrando así que el tranquilo río pareciera un torrente marrón, enfadado con la tormenta por haber perturbado su quietud.

– Parece que hoy no habrá baño.- La tormenta había perdido intensidad, decidió dejar su ropa seca bajo el vivac, y pasear desnudo, bajo la lluvia. Quería sentirse libre, sentir cómo la lluvia caía en su rostro mientras paseaba. Era, curiosamente, la calma de la que disfrutaría antes de la tempestad que le esperaba en la aldea; aunque disfrutaría esa calma en medio de una tempestad.

Caminaba y pensaba, de vez en cuando paraba, abría los brazos y ofrecía todo su cuerpo a aquella tormenta, ya se secaría cuando volviera al refugio, ahora debía dejarse llevar y disfrutar de la naturaleza.

– ¡Mañana será otro día y saldrá el sol! – A medida que caía la tarde las aparecían varios claros en el horizonte. – ¡Eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeehhhhhhh! – Gritaba, preso de una gran emoción.

Mahtan pensó que en su corazón siempre había habido una tormenta, pero que ninguna tormenta dura para siempre, y que, cuando se va, todas las flores lucen aún más brillantes bajo el sol. Además, su fuerte paraguas había resistido durante todo ese tiempo, y resistiría todo el que hiciera falta hasta que la Princesa de Ojos Esmeralda expulsara las nubes y colocara el Sol que iluminaría y calentaría sus corazones durante el resto de su vida.

Completamente empapado, decidió volver al refugio, se secó con con la ropa interior y se vistió con la que quedaba seca, dejando  la mojada en un pequeño rincón. Comió frutos de su bolsa y se acurrucó, pensativo, con la figura de madera en la mano..

La vuelta de Mahtan

Ahí estaba, delante de ese río, con un resplandor de fondo que indicaba que el amanecer era inminente, una vez más, en el sitio exacto donde había lanzado la piedra… La decisión ya estaba tomada.

Comenzó a deshacer lo andado durante los últimos dos días, y no pudo evitar mirar de nuevo hacia el lugar donde la extraña piedra azul se había hundido en el tranquilo río.

Caminó durante todo el día, y solo se detuvo al atardecer, donde volvió a encender una hoguera para cocinar la cena y a prepararse su refugio.

Cenó y caminó unos metros para deshacerse de las sobras. En mitad del camino se agachó para recoger una pequeña rama partida. Era prácticamente imposible adivinar de qué árbol había formado parte en su día, pero parecía llevar mucho tiempo en el suelo, situada en un punto muy visible del camino… como si alguien la hubiera dejado ahí a propósito.

Volvió pensativo, una vez más, hacia la hoguera con aquella rama en la mano, se sentó en una piedra junto a la cama de hojas, frente al fuego, y comenzó a tallar mientras su mente se perdía en sus propios pensamientos.

Había entendido por fin cuál era su lugar, su papel. Ese sueño le había enseñado que tenía unas obligaciones que cumplir, y que seguro que algún día podría desplegar sus alas, que continuaban encerradas en aquella prisión de metal.

Sabía ahora que su lugar estaba en la aldea, junto a su madre y su gente, y que era el encargado de liderar su grupo de Lobos. Se dio cuenta de que cuando su padre y su hermano volvieran, al igual que todos los que estaban sirviendo de uno u otro modo en el ejército, esperaban encontrar la aldea exactamente igual que cuando se fueron. Todos tenían ese sueño, y ahora era responsabilidad de Mahtan que cuando lo alcanzasen estuviera exactamente como lo anhelaban. Mahtan se maldijo por no haberse percatado antes, se sintió tremendamente egoísta.

Volvió en sí, había estado un rato tallando, y la madera empezaba a tener forma humana.

Pensó en su madre, la oyó llorar mientras se alejaba de la aldea, estaba sufriendo mucho más de lo que debería, y una gran parte de la culpa la tenía él. Volvió a maldecirse, su madre no tenía que sufrir sus decisiones mal tomadas…

– Supongo que a veces hacemos daño a las personas que queremos sin darnos cuenta con las decisiones que tomamos nosotros mismos…- La figura tenía forma de mujer.

El camino propicio

La lluvia azotaba su cara, y el viento, que le había pasado inadvertido hasta ahora, hacía que le costara un gran esfuerzo mantenerse sobre el caballo…

Reaccionó como quien despierta de un sueño, un sueño de ira que le habría llevado a una muerte más que segura. El despertar le trajo un intenso dolor en la herida, además de en los hombros, que llevaban tiempo haciendo un sobreesfuerzo para conseguir que no se cayera.

Se dio cuenta de lo cansado que estaba, y del poco sentido racional que tenía lo que estaba haciendo. Miró hacia delante, el camino era desolador: todo estaba embarrado, y la niebla hacía imposible ver nada a más de unos cuarenta metros… no sabía lo que le esperaba. Sentía la agitada respiración del corcel, y se sintió culpable por forzar a aquél animal de una forma tan desmesurada. Se bajó, acarició la cara del rocín de manera cariñosa.

– Lo siento mucho, eres muy valiente. – Se dirigió cojeando hacia un grueso árbol, con una copa muy espesa.

Se sentó, apoyado en el tronco, mientras dejaba que la bestia descansara unos minutos, pronto retomaría el camino de vuelta.

– Supongo que a veces hay que parar, y si el camino no es propicio, dar la vuelta y esperar un poco, ¿no crees, bonito?

El caballo se dejó caer, exhausto.

Dos caminos, una elección

Durante un largo rato se quedó de pie, observando fijamente el lugar exacto donde la piedra se había hundido.  Intentaba encontrar el fallo, qué parte de todo el proceso había hecho mal para que la piedra no hubiera rebotado ni una sola vez…

Se sucedieron pensamientos y sensaciones en su mente, a la piedra le siguió su madre, después su padre; también se acordó de su hermano, el mensajero, del que hacía tiempo que no tenía noticias…

-Cuando esté en el frente sabré de él.- Pensó.

Siguió dando vueltas en su cabeza a todas las situaciones que tendría que afrontar: cómo llegaría a la capital, dónde iría… y lo más importante, qué le diría al rey cuando lo tuviera delante (si es que conseguía una audiencia).

De repente, algo le sacó de sus pensamientos. La noche estaba ya bien entrada, con lo que no sabía cuánto tiempo llevaba ahí de pie… se giró hacia el vivac y vio cómo un lobo se comía los restos de carne que transportaba…parecía demasiado hambriento para luchar, así que en cuanto vio a Mahtan, cogió los restos de la presa con los dientes y se fue lejos de allí.

Mahtan lo dejó ir sin resistencia; después de todo estaba desarmado y ya tenía la carne del día siguiente preparada dentro del refugio, con lo que el amasijo de huesos que el lobo había robado no servía más que para atraer a cientos de bestias nocturnas.

Se acercó con cuidado, por si había algún animal más en los alrededores. Llegó al vivac, encendió una hoguera y se acostó, pensando en el camino del día siguiente…

Supuestamente, si seguía el río llegaría a la capital, aunque era incapaz de decir en cuántos días; sin embargo, aquél no era el mayor de sus problemas, ya que estaría provisto constantemente de agua y carne de los animales que se fueran acercando al río. Así, mientras intentaba averiguar dónde estaba, se quedó dormido en un profundo sueño…

Caminaba por un campo bañado en una espesa niebla, el terreno estaba cubierto de barro, y hacía del viaje una penosa caminata en la que cada paso costaba cada vez más.

Uno de los pasos hizo que se hundiera en un charco. Mientras una fuerza le arrastraba hacia el fondo, Mahtan hacía lo imposible por salir a flote; la ropa, ahora mojada, no ayudaba en absoluto. Tuvo que desprenderse del cinturón, donde colgaba la espada, del arco, las botas, el pantalón y la capa, que se hundieron en el agua.

Entonces una mano tiró de la suya, arrastrándolo fuera de aquella trampa, y dejándolo de nuevo sobre el lodo, prácticamente desnudo.

Era una figura humana, muy anciana, que le resultaba extrañamente familiar.

– Es una época de sacrificios, Mahtan. Tendrás que hacer sacrificios si quieres que todo vuelva a ser como antes. Recuerda que cada cual tiene su lugar, que es donde debe estar; no se pueden cambiar las cosas de esa forma. – Mahtan la miraba, incapaz de hablar. -Todo es un ciclo, todo volverá a ser como antes… encontrarás la luz.

La figura se retiró volando hacia el cielo y, cuando llegó, una luz muy intensa le cegó.

Abrió los ojos, ya había amanecido. Calentó agua y se hizo un amargo té de hierbas; no paraba de pensar en el sueño… Cuando lo tuvo todo recogido supo que había llegado el momento de elegir el camino…

La piedra azul

Dos noches antes tuvo que hacer un enorme esfuerzo por no volver a abrazar a su madre antes de salir… sabía que debía tener la determinación de irse sin más dramatismo.

 Durante esos dos días la añoranza se unió al grupo de sentimientos que azotaban su mente.  Al poco tiempo de salir de la aldea, encontró una pequeña piedra que llamó poderosamente su atención: era una piedra azul, de unos dos centímetros de grosor y con una forma un poco ovalada, pero casi esférica. Inmediatamente la cogió.

Recordó cuando era niño y se acercaba al lago junto a la aldea, le gustaba tirar piedras al agua, intentando que dieran el mayor número de saltos posibles antes de frenarse y hundirse para siempre en las profundidades. Guardó la piedra en el bolsillo, pero sin saber muy bien por qué, cada vez que se daba cuenta la tenía en sus manos, frotándola suavemente con los dedos, limpiándola de polvo, como intentando pulirla.

Cada vez que se percataba del gesto, la metía en el bolsillo, solo para volver a encontrársela entre sus juguetones dedos al poco tiempo.

– ¡Qué curioso! – Pensó.

Esa misma noche, consiguió abatir una pieza con su arco, lo que le proporcionó una cena consistente después de todo el día de raciones de pan de cereales. También había sido previsor y portaba así unos frascos que contenían el ungüento utilizado para hacer que la carne se mantuviera algunos días, con lo que no tendría problemas de comida hasta llegar a la capital.

– El problema será el agua.- Pensó.

La zona estaba muy seca, y no conocía ningún arroyo por la zona. Hasta el día siguiente no podría encontrar un punto donde llenar sus frascos de agua. Con una mueca que manifestaba lo desagradable que le estaba resultando la operación, llenó una de las vasijas con la sangre de su presa; esperando no tener que utilizarla durante el día siguiente.

Y así había sido, desde el amanecer hasta el final de la jornada había caminado buscando desesperadamente un punto donde rellenar sus vasijas y calmar su sed; mientras tanto la piedra, ya totalmente limpia, seguía deslizándose por sus ágiles dedos…

El camino, a pesar de ser llano, se hacía largo y aburrido. Además, no podía evitar que todos sus pensamientos, sentimientos y preocupaciones se apoderaran de él, haciéndole evadirse durante un tiempo y tendiendo a desviarse de la ruta, con lo que tardaría más tiempo del que había previsto en llegar a su destino.

Mientras deambulaba absorto en la tristeza y el llanto de su madre, llegó a un amplio río. Era muy caudaloso y ancho, aunque de aguas muy tranquilas. Le sorprendió el hecho de desconocerlo por completo, y se preguntó cuánto se había desviado de su camino… La piedra azul estaba en sus manos.

Siguiendo el cauce durante unos metros, encontró un lugar propicio para encender un fuego, cocinarse la cena y pasar la noche. También existía la posibilidad de darse un baño, lo cual contribuyó a subir su mermada moral.

Preparó todo lo necesario y se metió en el agua, con la piedra entre sus manos una vez más; había estado preparándola inconscientemente durante dos días para hacerla volar sobre el agua del río.

Cenó, disfrutando del momento de tranquilidad y jugueteando con la piedra, estaba seguro de que daría muchos saltos cuando la lanzara. Dejó todo preparado para acostarse en un improvisado vivac y se dirigió al río con la piedra.

Pensó en las que había tirado a lo largo de su vida. Algunas dieron dos saltos, otras tres, otras solo uno… Nunca se puede saber cuántos saltos dará una piedra antes de tirarla. Esta parecía perfecta, tenía las medidas más apropiadas, y había estado preparándola durante mucho tiempo. Sonrió. Estaba ansioso por saber hasta donde llegaría.

Tomo impulso con el brazo y liberó por fin aquel fragmento azul que le había acompañado todo ese tiempo…

La piedra se hundió en el primer contacto con el agua.

La partida de Mahtan

La silueta, bajo el resquicio de Luna creciente, era inconfundible. Se dirigió hacia ella.

– Padre volverá pronto…

– Mahtan, espero que no hayas venido a decirme lo que creo que vienes a decirme…

– Estoy enjaulado, sabes que no aguanto más.

– ¡Es una locura!

Durante unos minutos, siguieron paseando bajo la luz de la Luna, abrigados por el manto que les proporcionaban las estrellas en aquella noche despejada.

De pronto, la bella mujer se detuvo, miró a su hijo a los ojos, y se derrumbó en un mar de lágrimas mientras le abrazaba. El gesto fue correspondido por Mahtan.

– Hijo mío, no ver a tu padre está acabando conmigo, pero no podría soportar no ver a mis hijos; eres el pilar que me mantiene de pie en estos días… Pero, por otro lado, sé que aquí no eres feliz, debes encontrar tu camino, debes alcanzar tus sueños y luchar por lo que llevas esperando tener toda la vida…

– Madre… – las lágrimas brillaban bajo la luz de las estrellas. – Entiendo tus palabras, pero ahora mismo mi corazón me empuja a salir, y sentiré la desdicha mientras no cumpla lo que me pide… Estarás con padre, disfrutaréis de la vida, traeré a mi hermano de vuelta… y volveré con ella también. Te juro que volveremos a estar todos juntos y que esta maldita guerra se acabará de una vez por todas.

– Todos debemos hacer lo que nos dice el corazón, Mahtan, pero tu partida será una larga sombra en mi corazón, por favor, prométeme que volverás. – Besó la frente de su hijo.

– Primero traeré a padre, y luego cumpliré mi deseo y volveré. Cuida de la aldea, sé que ahora es lo único que te hace feliz.

– Mahtan… – no pudo terminar la frase, cayó de rodillas bajo un enorme pesar, las lágrimas cubrían sus mejillas por completo.

El joven ayudó a su madre a incorporarse, le dio un profundo abrazo, besó su frente y se dirigió a la casa, a preparar su escaso equipaje.

Preparó lo mínimo necesario, tomó también el viejo arco, que entregaría a su padre cuando le viera, y la espada que éste le regaló cuando se convirtió en Lobo.

Abandonó la aldea de noche, solo y sin rumbo fijo, la único que sabía era que quería ir al sur, llegar a la capital y negociar el cambio de servicio de su padre por el suyo propio…


*Fin de los relatos por unos días. Me voy de vacaciones dos semanas. ¡Gracias por vuestro apoyo! En agosto volveremos con más aventuras.

Un saludo y feliz verano.

Viejas tradiciones

En la cocina había preparado un trozo de pan de cereales y una vasija con té de frutas. Sonrió, alguien se había dado cuenta de que la noche anterior se había bebido unos cuantos vinos.

Cogió el viejo sombrero de cuero, un regalo de su abuelo, el Viejo, para protegerse del sol y salió a la calle con una taza colmada y la mitad del pan.
El día era importante, dos días antes habían llegado de cacería y el reparto se atrasó un día debido a la fiesta de Mahtan, así que era la hora de repartir la carne entre los hambrientos habitantes. Un grupo de madres, lideradas por la madre de Mahtan, eran las encargadas de realizar el reparto.
En la aldea de los Lobos, decían que las madres eran seres angelicales, incapaces de concebir el mal; habían sido designadas por los dioses para bendecir a la aldea con una nueva vida, que podría ser en un futuro otra madre que continuara el círculo. Si lo que traía era un niño, éste podría dedicarse a la caza, convertirse en un Lobo; o bien realizar trabajos igual de importantes en la aldea. Así pues, las madres eran tratadas con honores y respeto.
Nadie rechistaba lo más mínimo su ración de carne, todo el mundo asumía que se distribuía de la forma más equitativa posible, a tenor de las necesidades de cada familia. Era aceptado que el grupo de madres haría un reparto justo.
A Mahtan le gustaba ponerse a las órdenes de la comitiva y cortar la carne según sus indicaciones. Era una tarea que hacía voluntariamente, nadie se la había pedido nunca. De hecho, la gente le pedía que descansara tras las largas cacerías, decían que ya había gente designada a esa tarea. Pero a Mahtan no le importaba, le gustaba ayudar a la gente, verla sonreír sabiendo que comerían un plato de carne consistente durante unos días.
Algunos niños siempre se acercaban a saludarle, y él estaba encantado de enseñarles a cortar la carne, o de contarles las mejores técnicas de tiro con arco para cazar las mayores piezas. Los niños siempre le pedían a Mahtan que les enseñase a tirar con el viejo arco, pero éste siempre se negaba diciéndoles que cuando tuvieran la edad, podrían empezar su entrenamiento, y que él se encargaría personalmente de sus progresos.
Aquello siempre le hacía recordar la primera vez que fue de cacería con su abuelo, y siempre les contaba la historia a los niños, que sonreían ilusionados.
Cuando ya todo el mundo estuvo servido y las madres se retiraron a descansar, Mahtan se dirigió a la sastrería, atendida por una buena y vieja amiga.
– Eres un desastre Mahtan, siempre rompes las chaquetas por el mismo sitio, ¿tanto te cuesta poner las fundas que te di?
– Necesito la mayor libertad posible para disparar con el arco, aunque esta vez, fue un lobo el que me sorprendió por la espalda y tuve que tirarme al suelo para evitarlo, lo siento.
– Estaba de broma, dame un beso, me alegro de que estés bien. – La fornida mujer apretó a Mahtan hasta dejarle sin respiración. – Parece que has retomado el color, estabas un poco pálido cuando llegaste hace dos días.
– Demasiadas preocupaciones y preguntas sin respuesta, supongo, pero estar aquí enciende la llama de mi corazón.
– No digas tonterías Mahtan, tienes toda la vida por delante, sabes que tu momento llegará.
– Espero que tengas razón, ¿no me ofreces una taza de té? Tengo una resaca espantosa.
– Nunca cambiarás.- Dijo con una carcajada. – Cuando me enteré de que habíais terminado el reparto, puse a hervir agua, pasa…
Conversaron durante largo rato, era algo que a Mahtan le encantaba, cada vez que volvía de cacería solía pasar unas horas con su amiga y, aunque últimamente, el tiempo que dedicaban a las charlas era menor, Mahtan dudaba que hubiera una persona que le conociera más que ella.
– Antes de lo que crees, volveré con un nuevo destrozo. -Salió de la sastrería con las ropas como nuevas, sonriendo al pronunciar las palabras.
– Siempre es una buena noticia que vuelvas. – Las mejillas, ya de por sí rojas de la mujer, parecían arder mientras se despedía.
Se dirigió tranquilamente, paseando, al granero, esperaba encontrar a su madre en su paseo nocturno. Esa noche la acompañaría bajo la luz de la Luna…

La vida continúa

Se despertó y fue a la cocina, atraído por el particular olor a sopa de cebolla, pero, de nuevo, la aldea parecía estar vacía…

-¿Otra fiesta? – Se asomó por la ventana y vio que todo el mundo se arremolinaba en la puerta de la empalizada… así que se dirigió allí tan rápido como pudo.

Cuando llegó, la gente le miraba y se apartaba, dejándole ver quiénes eran los visitantes, el pan que momentos antes había cogido para desayunar cayó al suelo…

No se lo podía creer, ahí estaban las tres personas que faltaban en su vida. Su padre, su hermano, montado en Tárax, el Corcel Negro y… la habría reconocido en cualquier parte, en cualquier situación. Por fin estaba allí su Princesa Esmeralda. El soldado y el mensajero le miraban fijamente, con una leve sonrisa de orgullo, de satisfacción por volver a casa; pero la princesa ocultaba la mitad de su rostro bajo una capucha, dejando ver tan solo su preciosa nariz y su boca, con un gesto helado.

Se acercó lentamente, abrazó y besó a su padre y a su hermano, pronto les preguntaría cómo se las habían apañado para haber llegado, y sobre todo, cómo habían conseguido hacerlo juntos… Pero se encontraba delante de su sueño, de lo que había estado esperando toda la vida. Caminó hacia ella, dos pasos, tres, cuatro… no era el dueño de su cuerpo, era su corazón el que actuaba, se dejó llevar. Ella permanecía inmóvil.

Cuando estuvo a la suficiente distancia, con inmenso cuidado retiró hacia atrás la capucha, liberando su negra melena lisa que se movía con el viento de la mañana, dejando un aroma afrutado.

Justo entonces la miró a los ojos; sus pupilas se contrajeron por el contraste de luz, dejando al verde iris lucir en todo su esplendor, ella le miró, y no hizo falta decir nada más.

Deslizó sus manos a través del suave cuello de la princesa, hasta que los pulgares acariciaron sus mejillas… y entonces sus labios se fundieron en un beso. Un precioso beso, bajo el sol de la mañana; un beso que significaba tantas cosas que ninguno de los dos las hubiera podido describir nunca. Parecía que el tiempo se hubiese detenido.

De repente, la gente empezó a aplaudir, pero, poco a poco se fue transformando en un sonido más conocido… sí, era el peculiar sonido de alboroto de los días de reparto de cacería…
Abrió los ojos, le dolía enormemente la cabeza, estaba en su cama… al parecer la noche anterior había sido dura.

Pronto se percató de que todo había sido un sueño; mas no hubo pena en su corazón, sino una ligera sonrisa en su cara. Estaba aún más seguro de que ese día llegaría…

Con enorme esfuerzo se levantó de la cama, tomó algo de pan de desayuno y se puso en marcha, había mucho que hacer…

La vida continuaba y la meta estaba más cerca…

Amigos

Se despertó concienciado de que sería un día muy duro, aunque le sorprendió no oír el habitual jaleo de la aldea los días en que se repartía la carne de la cacería…

Fue a la cocina, tomó un trozo de pan de maíz y se dispuso a descubrir qué estaba pasando…

No había terminado de abrir del todo la puerta cuando un: ¡Gracias Mahtan! ensordecedor resonó por toda la aldea. La música empezó a sonar, la gente bailaba y le felicitaba.

Por primera vez en mucho tiempo volvió a sentir lo que era un momento de felicidad. Toda la gente reía y cantaba y, aunque la celebración fue algo austera debido a las dura situación, el ambiente era fantástico.

Su corazón volvió a brillar como siempre, volvió a sentir las ganas de ayudar a aquella gente, de cumplir su trabajo, de ser su Lobo. Todos recordaron la profunda amistad que les unía, aunque a veces la pena se empeñase en ocultarla.

-Un amigo es el que te ayuda a encontrar la llave de tu alegría cuando tú te olvidas de dónde la dejaste…- Mahtan se sintió tremendamente dichoso de poder considerar a esa gente sus amigos, sus hermanos.

Estaba dispuesto a seguir con su camino, lleno de ilusión.

Al parecer, tenía buenos amigos…

*Gracias Tuerto :)*

Mahtan Vardamir

No acamparon esa noche, estaban cerca de la aldea y se habían quedado sin madera seca para hacer fuego, algo indispensable para ahuyentar a los hambrientos y peligrosos lobos. No podían recogerla del suelo, pues a lo largo de la tarde había caído una ligera llovizna.

-Estas pequeñas nubes no son nada comparadas con las que se están formando al sur, ¿eh?.

Debían hacer un último esfuerzo y sacar fuerzas de la flaqueza pensando que, al menos, antes de que terminara la noche estarían durmiendo con sus mujeres… Mahtan, sin embargo, no podía pensar así…

«Volver a casa».

Se enfrentaba, una vez más, a esa extraña sensación; la sensación de quien tiene corazón y cuerpo divididos.

Esa aldea era su hogar, el hogar de su familia, el hogar de sus vecinos… y éstos le necesitaban, necesitaban sus discursos alentadores, su optimismo en la adversidad… sus  habilidades para llevar algo de caza de lugares a los que nadie se atrevía a ir en esos tiempos de guerra… la gente necesitaba a su Lobo. Él sabía lo que su pobre madre sufría, sabía que no se merecía eso, que ella siempre había tenido una vida dedicada a los demás, a ayudarles con cualquier cosa que pudiera hacer, y nunca le importó hacer sacrificios… ¿Por qué debía seguir sufriendo? Sí… su madre también le necesitaba, debía devolverle como pudiera todo el bien que le había hecho durante toda su existencia.

Por otro lado, esa misma aldea era su prisión espiritual, unos gruesos y fríos barrotes que le impedían dirigirse a su aventura más importante y complicada: encontrar a su Princesa Esmeralda. Ella era quien alimentaba su optimismo, quien le daba fuerzas para continuar, para darle la vuelta a esa horrible situación, para hacer lo posible por acabar con esa maldita guerra… Sabía que el fin de la guerra era la única posibilidad de encontrarla…

Esa era la historia de Mahtan Vardamir, la historia de un hombre que aplazaba sus sueños por cumplir con sus obligaciones, la historia de un hombre cuya casa era una caja cerrada, un espacio donde no cabían sus alas, y sin embargo, cuando salía de ella debía regresar cuanto antes.

Casi nunca tenía tiempo para él. Tan solo durante las largas caminatas, o las guardias nocturnas, donde su mente surcaba los cielos buscándola entre las estrellas. Miraba la Luna buscando la clave para acabar con tanto sufrimiento, pero todavía no la encontraba. Debía resignarse y esperar…

El olor de la sopa de cebolla le sacó de sus pensamientos, habían llegado a la aldea. Abrió la puerta de casa con cuidado, para no despertar a su madre, aunque ella no estaba en casa. La encontró en el granero, mirando la Luna, como cada noche; se despidió de ella y fue a su cama.

Al cerrar la puerta se imaginó cerrando aquella caja, donde no cabían sus alas…

Lobos

Volvía de la mano de su abuelo, que transportaba al hombro la mayor pieza que jamás hubiera visto, como si no pesara. A pesar de contar con muchos años y arrugas en la cara, todavía era un hombre fuerte; era el capitán de la partida de caza de la aldea, Los Lobos, y, además, consejero del lugarteniente del rey en la zona.
La caza había sido dura, dos días antes partieron cuando todavía era de noche; una noche de otoño sin luna. Los Lobos, expertos conocedores del terreno, no necesitaban la luz del astro para guiarse por su tierra… pero él todavía era un niño, y, a pesar de conocer el terreno tan bien como ellos, los nervios le hacían dudar de sí mismo y le costó un tiempo acostumbrarse a la marcha presurosa y silenciosa del grupo.
En los ratos de descanso le gustaba observar el arco de su abuelo, el mejor arco de la zona. Una pieza de artesanía sin igual cuyo dueño utilizaba a la perfección; una armonía sin defectos que se había cobrado cientos de piezas. Se dijo que algún día él sería el capitán de los cazadores, y que aprendería junto a su abuelo.
Había admirado a ese hombre desde que tenía uso de razón, era la persona más cariñosa y justa que había conocido (a pesar de su corta edad) y dudaba que alguna vez conociera a alguien así… Sí… definitivamente, su abuelo era su ejemplo a seguir.
Ya se podía oler el aroma de la sopa de cebolla de su madre, un entrante delicioso para acompañar su plato favorito, cuyo ingrediente principal traía el Capitán al hombro.
– ¿En qué estabas pensando? ¡Tu familia se muere de hambre y tú no eres capaz de matar un maldito venado viejo! – Se había vuelto a quedar ensimismado en sus pensamientos. Los recuerdos de una época próspera, de cuando creía que su vida iba a ser hermosa… De un tiempo pasado.
La realidad no era así, el último año había sido duro, muy duro. La guerra del sur había despojado de la mayoría de sus pertenencias a todos los miembros de su pequeña aldea. Alimentar a las tropas era costoso, y, a la poca caza que quedaba, había que sumar el hambre que mostraban los lobos de la zona, especialmente peligrosos. Él también era un Lobo, pero ya no quedaba ni rastro de aquel orgulloso grupo. Tan solo un arco, magullado y astillado por el uso; un vago recuerdo del Gran Capitán de los Lobos, su abuelo.
Era la última oportunidad, ese viejo venado devorado por aquel lobo era el último objetivo. Llevaban 4 días de caza y los pobres métodos de conservación con los que contaban no harían que la carne aguantara más tiempo. Debían volver… La lluvia mojaba sus tristes rostros… perdidos en aquel extraño lugar…
El botín era escaso, muy escaso, pero al menos daría para unos pocos días antes de volver a entrar furtivamente en la tierra de los Elfos, en el Valle de los Árboles Dorados; del que solo quedaba el nombre, pues ahora tenían un color cobrizo.
Él no lo sabía… pero pronto todo iba a cambiar… solo tendría que ser valiente y tomar la decisión adecuada….