El pequeño cazador

Paisaje fantástico nocturno
A medida que el carromato se perdía de vista por el casi imperceptible camino, en la aldea se hacía cada vez más latente una sensación de impotencia, desesperación e incertidumbre. Todos los habitantes volvían a sus casas con las miradas tan vacías como las mentes. Nadie quedó fuera de su hogar, y cada uno afrontaba la situación como podía, aunque sin saber muy bien qué hacer.
En una de las construcciones, un niño permanecía de pie junto a la ventana. La expresión era absurda, casi cómica; observaba el lugar donde minutos antes la niña había sido atacada sin hacer ningún gesto más. Su boca se abría y cerraba de manera incontrolable y las pupilas describían minúsculos círculos. Su madre le observaba sin poder hacer nada, de rodillas,  mientras sus preciosos ojos se llenaban de destellos por doquier.
El sol todavía iluminaba con fuerza el paisaje. Aunque la tarde ya estaba entrada, aún proporcionaba una agradable sensación de calor. El pequeño Vardamir se dio por fin la vuelta, besó a su madre y se quedó abrazado a ella llorando hasta que le abandonaron las fuerzas y se sumió en un profundo sueño. Su madre le llevó en brazos hasta la cama y le arropó, para pasar a ser ella quien ocupara el puesto junto a la ventana.
Observaba inmóvil el lugar del ataque, deseando con todas sus fuerzas que la niña se recuperase, aunque algo le decía que todo aquello traería graves consecuencias. Fuera todo parecía haber perdido color, el silencio era insoportable.

Mahtan observaba la escena desde la distancia, junto a su compañera de travesuras. Nadie parecía haber reparado en los pequeños, que habían estado jugando en los alrededores de la aldea en el momento del ataque. Los niños de su edad podían alejarse en sus juegos unos metros de la aldea, mientras que los pequeños, como su hermano debían permanecer dentro de la empalizada.

Mahtan sabía que no debía retrasarse, pero la idea de seguir al carro sin que nadie le viera le atraía demasiado.

– Debemos volver, Mahtan; seguro que nos están buscando.

– Nunca he ido por ese camino… ¿a dónde llevará? ¿Por qué va tanta gente?

– Mahtan… – La niña se encontraba visiblemente asustada.

– ¡Vamos a seguirlos!

– ¡Debemos volver! – Las lágrimas se escapaban de los dominios de sus hermosos ojos verdes.

– Pero… – Mahtan no podía mirar a la niña, su mente estaba puesta en el carromato que ya se encontraba a una distancia considerable. – Te acompañaré a la aldea y volveré.

Los niños llegaron en pocos minutos a la aldea, se despidieron y Mahtan echó a correr en la dirección contraria, volviendo al punto donde vieron el carro por última vez.

No parecía difícil seguir las huellas, así que se llenó de valor y siguió corriendo durante un rato mientras la fuerza del sol iba perdiendo intensidad.

El carro se movía despacio, pues el camino era muy irregular y la niña no debía estar sometida a demasiado movimiento. La curandera cubría sus heridas con trapos untados en ungüentos curativos, mientras el Viejo la observaba con un gesto ensombrecido.

Ya no había rastro del sol cuando divisaron la cabaña como un pequeño punto sobre una colina, hacia el norte. La respiración de la niña era débil pero estable, y el semblante del Viejo se relajó ligeramente. El niño les seguía a unos cuatrocientos metros de distancia. Exhausto tras la caminata, tenía que hacer acopio de todas sus fuerzas para llegar al menos al carruaje, pues ya no tenía posibilidad de volver a casa.

La comitiva se situó frente a la cabaña que parecía vacía, como abandonada, y el Viejo llamaba a voces a alguien que no respondía… o no estaba en casa. Se bajó del carromato dispuesto a llamar a la puerta. Una noche sin luna llenaba el lugar de calma.
Mahtan a penas podía distinguir ya nada en la oscuridad, y se desplazaba muy despacio intentando averiguar la dirección de las huellas, estaba increíblemente cansado y empezaba a desesperarse.

Una mano tapó su boca y otra le inmovilizó…

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